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Londres y el origen del arte

Las dos veces que he ido al Museo Británico he tenido la misma sensación de ilegitimidad, de decir “esto no debería estar aquí”. Robos, saqueos y apropiaciones indebidas peinan la historia de Gran Bretaña. La decoración del Partenón no pertenece a los ingleses y no tiene nada que ver con ellos. Es cierto que la tumba de Tutankhamon fue descubierta por Howard Carter, pero es parte intrínseca de la cultura funeraria del Antiguo Egipto. Hay muchos más, estos son los dos ejemplos más nombrados.

Y a la vez que digo esto me cruza la mente un contraargumento: si el friso del Partenón, en lugar de estar en el Museo Británico de Londres estuviera en el Museo de la Acrópolis de Atenas, semejante joya histórico-artística estaría a la intemperie de la indiferencia de los griegos actuales y mucho menos accesible a la mayor parte del mundo. Es evidente que Londres recibe muchos más millones de turistas al año que Atenas, y además los museos londinenses juegan con la ventaja de ser gratuitos por decreto. A mi parecer, ambos argumentos son plausibles y entre ellos me debato.

En mi última visita a la capital de Reino Unido, tuve la oportunidad de conocer la National Gallery, una de las pinacotecas más famosas del mundo. Sin ser tan sonados como los del Británico, el origen de gran parte de las obras que alberga el museo hace también a muchos torcer el gesto. La National fue construida en 1838, no mucho más tarde que el Prado (1819) y el Louvre (1793), pero a diferencia de estos, la colección inglesa no proviene de ningún tipo de herencia histórica, es un museo hecho a golpe de talonario.

Fachada de la National Gallery en Trafalgar Square

El museo no tiene un director como cabeza de la organización, sino que es gobernado por una especia de comité de sabios formado por 13 personalidades del arte y los negocios, 12 de ellos elegidos por el primer ministro en concurso público. Desde su fundación siguió una política muy estricta: comprar sólo cuadros, y no cualquier cuadro, sólo de grandes firmas. Con fuertes subvenciones estatales y grandes apoyos privados se pueden permitir tales ambiciones. Y puesto que la tradición pictórica inglesa no da ni para llenar mi casa, se dispusieron a llenar sus paredes de Velázquez, Rembrandt, Tiziano, Rafael, Monet, Van Gogh

Entre 2009 y el primer trimestre de 2010, el museo ingresó 35 millones de libras (39,6 millones euros) de los cuales 30,5 millones de euros corresponden a subvenciones estatales y 2 a patrocinios y donaciones. Gastó 13 millones de libras (14,7 en euros) en publicitar la colección y 10,6 (12) en el cuidado de las obras.

Y hasta aquí mi papel de periodista-analista de la realidad. Metido en la piel del turista medio, la visita a la National Gallery es muy agradable. Es gratis (y en esto hay que aplaudir la política cultural de Londres) y su tamaño no sobrepasará a nadie; se puede ver entero y bien en dos horas o dos horas y media. La colección está dividida históricamente por colores, de forma que no es fácil perderse o caer en confusiones artísticas.

Especialmente interesante fue la propuesta que encontré en una de las salas dedicadas a la pintura holandesa del siglo XVII. La generación de Rembrandt desarrolló un dominio excelso sobre la perspectiva, sobre la colocación de las figuras dentro de un entorno y sobre cómo dar vida a ese entorno. Rembrandt lo hizo especialmente en los paisajes gracias a la técnica del claroscuro, creando una escenografía completa que daba gran realismo a la acción. En los pequeños cuadros de Vermeer quizás es más evidente. Una persona se encuentra dentro de una habitación, por la ventana siempre entra una luz que ilumina todo el espacio. Gracias a esta luz y a la posición del personaje es posible adivinar la disposición de la estancia y donde está situado el pintor. Ese es el objetivo de la perspectiva, hacer visible lo que no se ve.

Junto a la Dama en el virginal de Vermeer había un cubículo con una linterna que permitía ver en tres dimensiones cómo era una casa en la Holanda del siglo XVIII y entender la perspectiva de los pintores. Este tipo de herramientas didácticas sería bueno verlas más a menudo en los museos.

Johannes Vermeer, 'Dama en el virginal', 1673-75

Acabo el artículo y no logro llegar a ninguna conclusión. ¿Son legítimas las colecciones del British y de la National? ¿Es posible mantener hoy en día una visión romántica y tradicional del mercado del arte?

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Identidad tricolor

En el centro de la imagen, el San Agustín, buque insignia de la flota española, lucha contra el Aelus, la mejor arma de los holandeses. A la izquierda, el Nuestra Señora de la Vega es acorralado por tres barcos enemigos. En primer plano, unos hombres apuran la yema de sus dedos para agarrarse a un mástil que flota sobre las furiosas aguas de la bahía de Gibraltar. A su alrededor, las barcas de rescate acogen combatientes asustados, y en sus proas, dos hombres se tirotean el uno al otro, como si la inercia de la lucha les llevara a sacar rápidamente sus fusiles y seguir disparando. Banderas españolas, banderas holandesas, barcos chocando, cañones, humo, guerra, independencia.

 

La batalla de Gibraltar. 25 de abril de 1607, de Adam Willaerts, es uno de los cuadros recuperados por el Museo del Prado para la publicación de su primer catálogo de pintura holandesa del siglo XVII. Por esta efeméride, el museo desempolva de sus almacenes después de cincuenta años algunas de las obras procedentes de las colecciones de Felipe IV, Carlos II y los primeros Borbones.

 

Willaerts rememora con detalle, aunque con escasa habilidad para las proporciones, la primera victoria de los holandeses en la Guerra de los Ochenta Años, que culminó con el reconocimiento definitivo de su independencia de la Corona española en la Paz de Westfalia de 1648.

 

Sin tantas pretensiones históricas, Hendrick Cornelisz y Cornelis Claesz van Wierengen, entre otros, utilizan las batallas navales como expresión de la identidad nacional, y es que el poderío naútico y la riqueza de su comercio marítimo fueron las claves de la construcción de uno de los grandes imperios coloniales de la Historia.

 

A los cañonazos de la guerra escapan los paisajes invernales típicamente holandeses; amables escenas tienen lugar en los canales y los puertos helados de Amsterdam, donde los niños patinan, los perros corren y los nobles charlan amistosamente. Más extraño resulta que un caballo pueda cabalgar sobre el hielo sin romperlo con sus cascos, como sucede en el cuadro de Joost Cornelisz Paisaje invernal con patinadores.

 

Unos pocos metros antes aparece otra señal que identifica la pintura holandesa: Judit. Los artistas españoles, fieles a la tradición bíblica, solían representar el asesinato del general Holofernes a manos de Judit (para salvar la ciudad de Betulia del asedio del pueblo asirio) en el momento de la decapitación o de la huída. Los holandeses, adscritos a la línea calvinista que imperaba en Holanda, preferían evitar la comparación con los artistas de la metrópolis. Así, la pintura de Salomon de Bray a la entrada de la exposición Judit presentando la cabeza de Holofernes se centra en el momento del banquete. Además, la cabeza de la heroína está decorada con una corona de flores con los colores rojo, blanco y azul de la bandera holandesa.

Rembrandt Harmesz van Rijn, 'Judit en el banquete de Holofernes', 1634

 

También se puede ver la versión de Rembrandt de esta escena en Judit en el banquete de Holofernes, la única obra del maestro holandés que se puede ver en España. Conviene quedarse un rato analizando el brillante manto ceremonial de Judit y los detalles del mantel que cubre la mesa sobre la que posa su mano izquierda.

 

Con estos elementos, el Museo del Prado dibuja -sin pretenderlo- una historia de autoafirmación nacional, encuadrada en una exposición tan breve -56 obras- como diversa -33 artistas representados-. Un deplorable estado de conservación (aún visible en algunas piezas pese a la restauración) y los amplísimo fondos del museo los han mantenido en el anonimato durante largo tiempo.

 

Pero la muestra no acaba aquí. Al encarar la salida verá al fondo un grupo de hombres vestidos de negro y con bandas azules que posan orgullosos. Son La compañía del capitán Reijnier Reael y el teniente Cornelis Michielsz Blaeuw, de Frans Hals y Pieter Codde, que solo estará en Madrid hasta el 28 de febrero antes de volver al Rijksmuseum. Se trata de un retrato de grupo conocido como compañía de milicianos; voluntarios dispuestos a defender su patria con la lanza arriba y la mano en el pecho.

Frans Hals y Pieter Codde, 'La compañía del capitán Reijnier Reael y el teniente Cornelis Michielsz Blaeuw', 1633-1637

 

Ficha técnica:

Nombre: Holandeses en el Prado.

Lugar: Museo del Prado.

Duración: 3 de diciembre de 2009 – 11 de abril de 2010.

Horario: De martes a domingo de 9.00 a 20.00 horas.

Tarifas: General, 8 euros; reducida, 4 euros; gratis para estudiantes, menores de 18 años, desempleados, etc.