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Conversaciones de mármol

La primera vez que fui a verle, él no me vio. Quizá no quería hacerlo. Giró la cabeza hacia la izquierda, para mirar a aquellos que sí estaban realmente interesados en su figura. Seguramente sintió que yo no estaba allí por él, aunque en realidad, no estaba allí por nada en especial. Aquel lugar sólo era para mí una iglesia más de las muchas que habíamos visto ya en Roma, una ciudad que, por aquel entonces, provocaba de mis labios expresiones vagas como «es bonita». Tenía 16 años, edad difícil para las inquietudes culturales, y Moisés se dio cuenta de ello. Salí de la iglesia indiferente, como sí nada hubiese cambiado.

 

Le visité al año siguiente por las mismas fechas, en marzo de 2005. Pero ahora sí sabía de quién se trataba, recordaba haber visto muchas imágenes suyas en el colegio, en las clases de Historia del Arte. Él era Moisés, un hombre tallado en mármol, creado por las divinas manos de Miguel Ángel. Se suponía que debía ser una figura religiosa, una alegoría de lo que Julio II había conseguido durante su papado, pero a pesar del nombre bíblico, a mí se me parecía más a un titán, por los cuernos en la cabeza, o al dios marino Poseidón, por la eterna barba.

 

Me llamó la atención que si me quedaba frente a él, no le podía ver bien la cara, así que decidí situarme en el lado derecho del perímetro de seguridad que protege su figura. Le miré a los ojos, y sentí un escalofrío, y después otro. No me podía creer que aquellos ojos fueran de piedra, porque su mirada no lo era. Quería decirme algo, no sé si sobre mí o sobre qué o quién, pero algo encerraba esa mirada. Salí de la iglesia conmocionado, como sí algo en mí hubiese despertado.

 

Un año de sequía y de nuevo fui a verle. Era verano, pleno mes de agosto, y hacía un calor sofocante. El frondoso sendero que tomamos para llegar a la iglesia de San Pietro in Vincoli (tenía que mirar el nombre en el mapa porque nunca me acordaba) alivió las altas temperaturas. No es la mejor forma de ir, pero nos perdimos, y con la ayuda de un romano salimos a la plaza donde se encuentra la iglesia. Cuando entré ya sabía hacia donde tenía que dirigirme, al fondo de la pared derecha, y ya sabía donde tenía que ponerme, frente a su rostro, para mirarle a los ojos. Hablamos durante unos quince minutos, sin que nadie nos interrumpiera. Le noté enfadado; tenía los labios apretados, como síntoma de furia, y sus ojos amenazaban una explosión de ira a punto de estallar.

 

Recordé entonces las palabras de Charles de Tornay, quien describió a Moisés como «una figura estremecida de indignación, contenida la explosión de ira». Entendí la opinión de Gilles Néret, para el que «Miguel Ángel lanza un grito furioso de rebeldía contra la bajeza del mundo y la opresión de la vida». No es de extrañar que el artista florentino lo reflejara así, pues tardó treinta años en terminar el mausoleo a Julio II, que el Papa le había encargado poco antes de su muerte, y el resultado no fue tan ambicioso como en un principio se proyectó. De un grupo escultórico de 32 figuras en 1513 se pasó a veinte estatuas tres años más tarde. El celo del nuevo Papa, León X, y su encargo a Miguel Ángel de realizar las tumbas de los más insignes miembros de su familia, los influyentes Médicis (un total de cuatro sepulcros), le tuvo ocupado hasta 1543, cuando por fin dio por terminado el homenaje al anterior Papa.

 

Moisés es la pieza central de aquella obra. En 2008 nuestras miradas se volvieron a encontrar. El grado de confianza que habíamos alcanzado no se había perdido. Hablamos aproximadamente otro cuarto de hora. Me volvió a maravillar su expresividad y su sinceridad. En aquel bloque de mármol de dos metros y medio de altura con cara de enojo vi sentimientos, lo cual despertaba en mí algo parecido a la compasión o a la comprensión. Ese fue nuestro último encuentro. Volveremos a vernos, amigo.

 

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