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Una cabeza en medio de París

Los niños se acurrucan entre la palma de la mano y la barbilla, o incluso escalan hasta el dedo gordo, que para algunos está un metro por encima de su cabeza. Unos pasos atrás llegan sus padres para tratar de colocarles para la foto de rigor. Los jóvenes normalmente se quedan de pie detrás de los dedos e imitan el gesto de la estatua tapándose la boca con la mano derecha. Los más mayores simplemente sonríen viendo que sus hijos han convertido una pétrea escultura en un agradable columpio.

 

Esa cabeza tumbada y la mano que se le acerca a la boca es posiblemente el rincón más acogedor de París. Uno de mis mejores recuerdos de la capital de Francia es ver a mi hermana con 10 años dentro de esa mano, sonriendo para la foto. La escultura no es precisamente bonita, pero tiene su encanto, y aporta un punto de diversión a una ciudad a la que le cuesta sonreír. Desconozco su nombre, ni siquiera sé el de su autor o autora. Tampoco hace falta; todo el que pasa por París la conoce y la retiene luego en sus recuerdos.

 

Será por su situación en Les Halles, en el primer arrondissement parisino, visible desde el tramo más comercial de la rue Rivoli. Este “agujero” en mitad de la jungla urbana de la capital, como lo llaman algunos, siempre fue la zona tradicionalmente más próspera para el comercio, y hoy alberga un enorme centro comercial subterráneo conocido por la estructura de hierro y cristal que lo cobija. También hay un parque con pequeñas atracciones y rampas para la práctica del skate.

 

O será, más bien, porque la foto con la cabeza y la mano suele ser el antecedente de la visita de una de las iglesias más bonitas de París: Saint Eustache. La escultura está justo frente a la puerta de este edificio típicamente gótico del siglo XIII (con sus gabletes, sus arbotantes y sus rosetones), que se precia además de conservar esa esencia gótica… aunque su decoración interior sea renacentista. No hay problema, mezcla bien. Por dentro, las capillas conservan toda su belleza y las vidrieras cumplen con sus dos funciones: la función práctica (dejar pasar la luz natural al interior) y la función estética (la belleza de los dibujos).

 

En la puerta de entrada hay unos paneles informativos que me revelan muchos datos que desconocía, a pesar de ser mi tercera visita a Saint Eustache. Resulta que el edificio tiene una acústica estupenda gracias a sus dimensiones (100 metros de largo, 43 metros de ancho y 33,5 de alto) que se relacionan perfectamente con la potencia de sonido del gran órgano, con 8.000 tubos y cinco teclados de 61 notas cada uno. Inaugurado en 1854, los domingos se tocan piezas de Johann Sebastian Bach, Franz Liszt, Héctor Berlioz o de su organista actual, Jean Guillou.

 

En otro de los paneles había una relación de las efemérides que tuvieron lugar allí; entre las más curiosas, el bautizo del cardenal Richelieu en 1586, el bautizo de dramaturgo Molière en 1622 y la primera comunión de Luis XIV en 1649. Precisamente el ministro de este último, Jean-Baptiste Colbert, fue el principal benefactor de Saint Eustache, quien puso dinero para la construcción de varias capillas y para la decoración de la fachada oeste, que en su día era la puerta de entrada.

 

En esto último no le hicieron caso, la parroquia prefirió guardar el dinero en lugar de gastarlo y la estructura quedó inacabada. Ver ahora esta fachada es algo curioso: está desnuda, no tiene decoración, ni relieves ni nada; en la parte más evidente, la del frontón, está vacío. Junto a esta fachada se puede ver de lunes a viernes a las 12 del mediodía y a las 8 de la noche una fila de mendigos bajo un cartel que dice: “Sopa de cebolla”. Será la misericordia de Saint Eustache.

Saint Eustache, fachada oeste