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La urraca

Algunos de vosotros ya la conoceréis. Si fuistéis a la exposición del impresionismo que la Fundación Mapfre organizó en Madrid hace dos años, la veríais en la planta baja de la colección, frente al retrato del grupo impresionista firmado por Henri Fantin-Latour, en el que aparecen entre otros Manet, Renoir, Émile Zola y su padre putativo, Monet.

Claude Monet, 'La urraca', 1869

La colocaron junto a la pequeña sección dedicada a la guerra franco-prusiana (1870-71), en la que el ejército francés sufrió una humillante derrota, aunque ella no tiene nada que ver con este tema, apenas tenía dos años cuando aquello ocurrió. Ella está muy a gusto parada en esa especie de escalera hecha a base de ramas de árbol, a pesar del frío que debe hacer ahí arriba. Porque a su alrededor sólo hay blanco, mucho blanco. Blanco nieve. Se me presentó como La urraca.

La volví a ver en París hace dos semanas. Se había cambiado el nombre. Ahora era La pie. Como dos años antes, parecía contenta en medio de la soledad del paisaje; ella es el único ser vivo de la escena. No sufre la soledad angustiosa que pintó Edward Hopper, sino que es ese tipo de soledad que se necesita a veces para regocijarse en plenitud de un momento mágico, de la belleza de algo insuperable. Para recordarnos que la soledad “no es tan fiera como la pintan” (Zoe Valdés).

No se inmutaba por el trasiego de gente que pasaba en frente suya, que la miraba y decía “c’est incroyable”. Con el cuello girado ligeramente a la izquierda, ella disfruta de los matices de blanco que Monet ha creado, de las sombras de los árboles desnudos sobre la nieve, de la atmósfera particular que se crea en días como ese.

Si Monet me leyera, me echaría la bronca por buscarle las vueltas emocionales a un cuadro suyo. Él, que sólo quería experimentar con los efectos de la luz natural sobre la nieve, con ese espíritu científico que tenían los impresionistas. Courbet lo había probado con éxito años antes, y Sisley lo estaba mejorando en aquel momento.

El atrevimiento de Monet con la pincelada, la imprecisión de los trazos y el hecho de que no hubiese ninguna figura humana que la acompañase en el cuadro impidió a la urraca aparecer en 1870 en el Salón oficial de París, el evento que cada año determinaba el éxito o el fracaso medático y comercial de un artista. Creo que ella lo prefiere así. No soporta a todos esos burgueses estirados que se pasean por los bulevares con levita. Piensa de ellos que son una panda de snobs, que solo compran arte por aparentar.

En ese sentido es como su padre. Por aquel entonces, Monet ya había decidido que no quería entrar en ese círculo de mercadeo, especulación y superficialidad que acabaría por decirle cómo debía pintar. Saboreó un par de veces las mieles de la buena prensa gracias a unas marinas pintadas en los alrededores de Le Havre cuando era más joven, pero ya no más. Él seguiría fiel a los valores que siempre demostró en su pintura: trabajo al aire libre, la belleza del paisaje, los reflejos de la luz natural, su incidencia sobre los colores de la naturaleza.

Esa urraca es una extensión de Monet en el cuadro, como el escritor que crea en su novela un personaje hecho a su imagen y semejanza; es un autorretrato en medio de la nieve. Es curioso cómo uno de los animales más desagradables y molestos que existen puede despertar un sentimiento como este. Mérito de Monet.

 

Para ver mejor la obra, ir a la sala 2 sobre el plano y darle al icono de información junto al cuadro: http://www.exposicionesmapfrearte.com/impresionismo/visita_virtual/visita_virtual.html

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La belleza triunfa sobre el desorden

Ahora entiendo a los críticos de la Academia oficial francesa de mediados del XIX, que se escandalizaban al ver a dos aldeanos cabalgando a lomos de sus asnos que se cruzan en el camino de un bosque y se saludan levantando a la vez sus sombreros de paja. «¿Unos campesinos?», se preguntarían. «¿Qué han hecho ellos para salir en un cuadro?». Echarían de menos las diosas de cuerpos ideales y curvas perfectas, las pelucas y condecoraciones en el pecho de los hombres nobles, poder ver las arrugas de su cara y las venas de sus ojos. Pero el arte ya había entrado en otra fase: la modernidad.

 

Camille Pissarro, Camino en el bosque, 1877

La representación de Camille Pissarro en Camino en el bosque (1877) es el resultado de un proceso de desafío al orden artístico establecido que pretende ilustrar la Fundación Mapfre hasta el 22 de abril en “Impresionismo. Un nuevo Renacimiento”. Una exposición elaborada con 90 cuadros traídos del Museo d’Orsay de París, aquellos de los que el santuario impresionista no ha tenido reparos en desprenderse durante el tiempo que duren sus obras.

 

Decir impresionismo es evocar los reflejos en el agua de Monet, Le moulin de la Gallette de Renoir o los paisajes parisinos de Pissarro. Ilusionados por estos pensamientos, miles de personas hacen unos treinta minutos de cola estos días para ver la exposición, y decenas de ellas se quedan fuera al final frustrados en su intento. Es lícito que una hora después, esos mismos visitantes que lograron entrar, salgan preguntándose: «¿Esto es el impresionismo?», como reacción a la colección de cuadros sin carisma que ha pasado ante sus ojos.

 

La respuesta es sí. El impresionismo no son sólo Degas, Cézanne y Sisley, también son Bazille, Whistler y Fantin-Latour. El impresionismo es más que una luz brillante, unos colores vivos y una pinceleda libre. Bien es cierto que la Fundación Mapfre se salta una importante escala en el camino: la escuela de Barbizon, un grupo de pintores que introdujeron el paisaje como tema en sí mismo, y que guiaron a los impresionistas durante sus primeros pasos, conviviendo con ellos y dándoles consejos. Es incomprensible, pues, que los senderos de Camille-Corot o las lagunas de Daubigny no tengan un hueco en esta muestra que pretende definir el impresionismo como movimiento artístico.

Jean-Baptiste Camille Corot, Ville d'Avray, 1825 (no está en la exposición)

Además, la muestra es desconcertante en su cronología y enrevesada en el recorrido. El realismo de Millet y Courbet abre la exposición para socavar la rígida mentalidad académica, aquilatada en conceptos como la perfección formal o la precisión del dibujo. Ellos bajaron la pintura al campo, a la ciudad, a la representación cotidiana del trabajo de unos campesinos o espigadores. Tras un rincón dedicado a las bailarinas y los caballos de Degas, poco impresionista en su técnica pero mucho en su espíritu, y un recodo para la subversión del simbolismo, se llega a las dos únicas salas puramente impresionistas.

 

Los cuadros expuestos aquí dejan un ejemplo poco trascendente del trabajo de estos artistas. Aún así, no se puede ser inmune a los esquematizados pero extremadamente detallistas paisajes de Cézanne o a la deliciosa escena de El columpio de Renoir. A uno le gustaría ser francés para que se le pongan los pelos de punta contemplando la visión de Monet de La rue Montorgueil de París. Fiesta del 30 de junio de 1878.

 

Claude Monet, La Rue Montorgueil de París. Fiesta del 30 de junio de 1878, 1878

Edouard Manet aparece como paradigma del triunfo de la modernidad sobre la tradición académica. Pintor personalísimo, sus cuadros fueron rechazados una y otra vez por el salón oficial, la cita artística más importante del año desde 1725. En este caso, apenas La evasión de Rochefort (hacia 1881) y la figura española de El pífano (1866) dan muestras de su enorme calidad. Su historia merecerá un entrada en este blog en un futuro próximo.

 

Llegados a la última parte, en la planta baja, se habla de la Guerra Franco-Prusiana (1870-71), del asedio de la Comuna de París (1871) y de la escuela de Batignolles surgida en 1870; la mayoría de ellos son cuadros anteriores a los colgados más arriba. La exposición no se deja ver fácilmente, la muchedumbre y el desorden no lo favorecen, pero se pueden encontrar algunos detalles que hacen merecida su visita. Conviene despedirse con el sorprendente cuadro Patio de una granja en Normandía, de Claude Monet, situado en una esquina de la planta baja. No será fácil quitarse de la cabeza esa luz del atardecer.

 

Nombre: Impresionismo. Un  nuevo Renacimiento.

Lugar: Fundación Mapfre (Sala Recoletos).

Duración: 15 de enero – 22 de abril de 2010.

Horario: Lunes, de 14 a 20 horas; de martes a sábados, de 10 a 20 horas; domingos y festivos, de 11 a 19 horas.

Tarifas: Entrada gratuita.