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Ancora imparo

Recuerdo con cierta nostalgia las clases de filosofía en el Bachillerato. Recuerdo de los primeros temas nombres como Demócrito, Heráclito, Anaxágoras, Tales de Mileto, más conocido en esta materia como “el del teorema”. Después llegaba Sócrates con su “sólo sé que no sé nada”. Aprendí mucho de esa frase, me sirvió incluso para estudiar filosofía, considerada por muchos el ogro del Bachillerato. El secreto está en tomárselo como si fuera una novela: olvidarse por completo del mundo en el que vives y echarle imaginación, entrar en otro universo en el que caben los motores inmóviles, las navajas que no cortan y los superhombres. La posterior reflexión personal hará que uno se dé cuenta de la razón que tenían Aristóteles y compañía.

En la universidad tuve profesores que utilizaron esta técnica pedagógica con mucho acierto y yo la interpreté a mi manera: dudar, dudar de todo, no dar nada por cierto hasta que no lo compruebas por tí mismo o fiarse sólo de quien se ha ganado el crédito para merecérselo, preguntar, saber, conocer, aprender.

Hace un par de semanas vi una exposición que me devolvió en parte aquellos años y que me hizo añorar esa forma de aprender. En una sala roja excesivamente iluminada el Museo de Bellas Artes de Lille instaló 58 cuadros sobre Retratos del pensamiento. Una exposición sobre filosofía, vaya. La vi una vez, por mi cuenta, y no logré entenderla, me pareció pobre de material y poco ambiciosa. Justo cuando me iba empezó una visita guiada, y le di una segunda oportunidad. Al menos logré entenderla, pero mi opinión no varió un ápice.

“¿Cómo retratar el pensamiento?” se preguntó retóricamente la guía. Los responsables de la muestra se respondieron al parecer de la forma más simple posible. Tomaron el sentido más literal de la palabra retrato -“pintura de una persona”, según la RAE- y decidieron poner retratos de gente que pensaba, es decir, de filósofos, básicamente. De esta manera, la exposición se convierte en una colección de cromos: aquí el de Platón con un libro, aquí el de Santo Tomás con una lanza, aquí el de Xavi pisando el balón, aquí el de Pitágoras con una regla y un compás, “sile, nole, sile, nole, sile”.

Diego Velázquez, 'Santo Tomás', 1619

Todos eran cuadros del siglo XVII, una época, bien es cierto, muy dada a la espiritualidad, la alegoría y el simbolismo. Y todos procedentes de tres escuelas distintas: Madrid, Utrecht y Nápoles. En base a esto, se trataba de descubrir los símbolos que permitían adivinar qué es lo que estaba pensando el retratado, para lo cual se necesita una buena base en historia de la filosofía y una concentración mientras se ve la exposición que no es habitual entre los visitantes de un museo. La muestra pretende al parecer llevar a la duda, al “sólo sé que no sé nada”, mediante la visión de hombres que piensan porque se supone que no saben qué creer. El lingüista, literato y filósofo Tzvetan Todorov dijo en una charla después de ver la exposición: “No muestra el pensamiento sino quien lo encarna”.

El cartel anuncia en primer lugar la presencia de Velázquez en la exposición. Hay uno. Uno solo. Un cromo de Santo Tomás mirando al vacío y sujetando una lanza, el objeto de su martirio. Personalmente, me hace pensar más el retrato de Marte que este cuadro. La sala lleva luego a José de Ribera, al que lo encuadra en la escuela de Madrid, cuando en realidad ‘Il spagnoletto’ aprendió todo lo que sabía en Italia. En la escuela holandesa aparecen unos nombres desconocidos para el gran público -especialmente el misterioso Maestro de la Anunciación a los Pastores– quienes se salvan técnicamente gracias a su pulcritud y sus fundamentos. Destaca en el muro de Utrecht la serie de retratos de Heráclito, el pesimismo, y Demócrito, que rie por no llorar, un diálogo entre opuestos.

Johannes Moreelse, 'Heráclito' y 'Demócrito, el filósofo risueño', ca. 1630

Cierra la exposición Luca Giordano con una serie de retratos monstruosos. Monstruosos tanto por lo feos que son los personajes como por lo mal que están hechos. Son rostros inexpresivos, mal compuestos, desproporcionados de pies y manos, sin cuello… Basta con ver un par de ejemplos: Filósofo cínico y El filósofo Crates. Hace tres años vi una exposición suya en el Casón del Buen Retiro y ya me di cuenta de que era, simple y llanamente, un mal pintor. Hay una palabra francesa que lo define bien: maladroit, un incapaz, simplemente no se le da bien. No entiendo cómo tiene el nombre que tiene en la historia del arte.

Luca Giordano no tiene nada que enseñarme y esta exposición tampoco. Sólo me voy a quedar con el mensaje de un papel en blanco pintado en la esquina de un cuadro anónimo titulado El taller del pintor. El papel decía “Ancora imparo”, todavía aprendo.

Título: Retratos del pensamiento.

Lugar: Palais de Beaux Arts (Place de la République, Lille, Francia)

Horarios: Lunes de 14 a 18 horas, el resto de días salvo el martes (cerrado) de 10 a 18 horas.

Tarifas: Entrada completa 7 euros, reducida 5 euros para menores de 25 y gratuita para demandantes de empleo (entre otros).

Metro: République Beaux-Arts (línea 1).