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Homenaje al clasicismo

Miguel Ángel, 'David', 1501-04

La admiración aumenta diametralmente a cada paso que doy. Un pasillo no muy largo me separa del mítico David de Miguel Ángel. Una escultura de 4,34 metros de altura sobre un pedestal de 2 metros forma un conjunto colosal. La pequeña linterna que hay sobre la cúpula que lo cubre ilumina la figura, le da solemnidad y presencia, como si ya de por sí tuviese poca. En este momento, los esclavos inacabados del propio artista florentino que custodian el recorrido pasan desapercibidos para mí. Sólo puedo mirar al frente, a mi sueño.

El David impresiona sólo por leerlo, por oírlo comentar, por estudiarlo. Con 14 años, en clase de Sociales en el colegio, todavía no tenía ningún tipo de conciencia artística ni el más mínimo interés por ella. Pero oír hablar del David despertó el deseo de ir a verle; “es impresionante”, decían unos, “es perfecta”, leía en todas partes.

El sueño se cumplió dos años más tarde, después de soportar la cola a la entrada de la Galleria dell’Accademia de Florencia, en la via Ricasoli, cuyos muros recuerdan todos los viajes de fin de curso que han pasado por allí. Había leído que la figura representaba a David con la honda con la que mató al gigante Goliat. Desde luego, la mirada ya amenaza la batalla; David frunce el ceño en señal de tensión, mira de reojo de manera penetrante; es la terribilitá característica de Miguel Ángel, la traducción pétrea del dramatismo de la figura. Las venas de la mano derecha están enervadas; David encierra su furia bajo una capa de mármol.

   

Me lo explicaron como paradigma de la escultura renacentista del siglo XVI por el homenaje que supone a los cánones clásicos. La figura está en contrapposto, el gesto natural de apoyarse sobre una sola pierna, que implica la reacción del hombro que cae, muy al estilo de Policleto. Este descubrimiento en el siglo V a.C. rompió con la ley de frontalidad y colmó a los artistas del momento, que ansiaban la representación del movimiento. Por eso, el tronco cortado sobre el que se apoya la pierna derecha de David es esencial para el sostenimiento de la escultura.

Miguel Ángel también fue fiel al espíritu clásico y a su orden de valores, que situaba a los jóvenes atletas triunfadores en los Juegos Olímpicos en la cúspide de la sociedad. La juventud y la belleza eran virtudes tremendamente admiradas en Grecia y uno de los temas más habituales para los escultores, como son fiel reflejo El discóbolo de Mirón y El diadumeno de Policleto. Veintiún siglos después, el David es también exponente de esa tradición.

Por los cuerpos apolíneos y musculados se pueden distinguir las obras de Miguel Ángel; la explicación artística dice que es por su fidelidad a la Grecia clásica, la versión morbosa afirma que es reflejo de su tendencia a su homosexualidad, aunque esto último no se haya podido comprobar con toda certeza. Él sólo reconoció que se había “enamorado de la belleza”.

Al año siguiente, en mi segunda visita, me percaté de los esclavos inacabados, consciente ya de su existencia. Estas figuras que parece que intentan librarse del bloque de mármol sobre el que están tallados representan el triunfo del cristianismo sobre el resto de religiones, un mensaje que transmitió Miguel Ángel en la mayoría de sus obras.

Desde 1504, año en que fue concluido, David vio desde la Plaza de la Signoria el esplendor político, cultural y económico de Florencia, la ciudad que aportó a Miguel Ángel el dinero y la confianza para hacer la obra. En 1947 se sustituyó en esa plaza por una copia, que hoy es la que aguanta las inclemencias del tiempo y la humedad del río Arno.

Lugar: Galleria dell’Accademia

Dirección: Via Ricasoli 60, Florencia.

Horario: De martes a domingo de 8.15 a 18.50 horas. Lunes cerrado.

Tarifas: General 6,50 euros; 3,50 euros para ciudadanos de la Unión Europea menores de 26 años.