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Amiens, una catedral en penumbra

La guía que nos enseñó el centro de la ciudad no se cansaba de repetirlo: “Hoy no es el mejor día para ver Amiens”. La mujer lo decía porque no le apetecía andar por la calle durante casi dos horas bajo la persistente lluvia que afeó todo el día el norte de Francia. Un día gris típico de Amiens, un contratiempo con el que hay que convivir día tras día en esta parte del mundo en la que ‘El jardín de Giverny’ vuelve a tomar impulso.

La lluvia no impidió a la convención de paragüas que formaba parte del cortejo encaminar sus pasos hacia el lugar de referencia de esta ciudad, la catedral de Notre-Dame. Es fácil recordar a su hermana homónima de París con tan sólo ver su fachada principal, al fin y al cabo, ambas son obras cumbre del gótico francés: las dos torres, los rosetones del centro y de los dos extremos del transepto, los arbotantes de los laterales y el ábside… Sin embargo, la de Amiens tiene el honor de ser la catedral más grande de Francia: 7.700 metros cuadrados, 145 metros de longitud de una punta a otra, 70 metros de transepto y una aguja que alcanza los 112 metros de altura.

Fachada occidental

El edificio imponente que es hoy sufrió tres incendios en tres siglos seguidos (1019, 1137, 1213). Después del último, el obispo Evrard de Fouilloy decidió reconstruirlo para acoger una parte de las reliquias de San Juan Bautista y le dio el mando a Robert de Luzarches. Inspirado en las catedrales de Chartres y Reims, comenzó las obras por la fachada occidental. Cuatro columnas avanzan para servir de contrafuertes a las dos torres, cada una de distinta altura, la torre Sur de cinco pisos y la Norte de seis. El rosetón queda encuadrado entre la galería de los Reyes y la galería de los Campaneros, y toda la estructura es apuntada por las típicas agujas góticas, dispuestas con orden y coherencia.

Las tres portadas de la fachada están diseñadas en arquivolta, dando la sensación de que cada arco acompaña al visitante en su entrada a la catedral. La portada central, que sólo se abre para ocasiones especiales, representa a los Doce apóstoles conducidos por los cuatro grandes profestas (Isaías y Jeremías a la derecha, Daniel y Ezequiel a la izquierda) hacia la figura de Cristo, que divide la puerta en dos. La portada Sur homenajea a la Virgen María y al obispo Evrard de Fouilloy, mientras que la Norte hace lo propio con San Fermín, el primer hombre que trajo el Evangelio a Amiens, y sus discípulos.

Portada central

Una vez dentro, la sensación de estar ante algo magnífico disminuye. La penumbra inunda la estancia por la mala conservación de las vidrieras, caídas y oscurecidas por el paso del tiempo, sin restar al mal tiempo su parte de culpa. Las únicas vidrieras restauradas, las del fondo del ábside, pagan la escasa inteligencia de su autor, quien llenó unas cristaleras de 10 metros de alto de rojo magenta y de azul marino; la luz apenas logra traspasar colores tan fuertes.

 

Nave central

La escasa luz natural no permite disfrutar de la decoración barroca de las capillas y de los cuadros de bella factura que custodian, pero no enmascara el blanco artificial de los muros que cubren el altar y el ábside, producto de una mala restauración. El altar está presidido por un conjunto escultórico de unos 20 metros de alto muy descuidado, en el que el color piedra es homogéneo y apenas se distinguen las figuras. El coro, eso sí, es un gran trabajo sobre madera, pues refleja con delicados detalles las vidas de San Juan Bautista y San Fermín en su perímetro y más de 4.000 figuras en la sillería.

En el perímetro se encuentra la tumba de Monseñor Guislain Lucas, benefactor de los niños desfavorecidos. Toda catedral tiene su parte de leyenda, y la de Amiens está presidida por la pequeña escultura de un angelito llorando que hay encima de esta tumba. Los herederos de Monseñor Lucas encargaron la realización de la sepultura al escultor Nicolas Blasset, pero quedaron tan disgutados con el resultado final que hicieron esculpir este ángel llorón encima de la tumba. A simple vista, la obra no está tan mal.

El lado fetichista lo pone Saint Christophe, un gigante esculpido en el lado Sur de la catedral que porta sobre los hombros al Niño Jesús. Para los amiensois es como su patrón.

Al final de la jornada, Amiens y su catedral nos dieron menos de lo que se podía adivinar bajo la lluvia, como si nos emplazaran a volver otro día. Habrá que darle una segunda oportunidad.

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Baile de luces en París

Cabeza gacha y cuerpo en escorzo. Son sólo treinta o cuarenta escalones en espiral los que hay que ascender en esa posición. Por fin, yergues la columna y levantas la cabeza, y una explosión de colores sucede ante tus ojos. El azul se saluda con el amarillo, el rojo baila con el verde, el naranja y el morado sonríen a todos.

Te rodea una estancia cubierta de vidrieras, te envuelve una vorágine de colores; si estuvieras en una película infantil te elevarías sobre el suelo como por arte de magia y empezarías a bailar con los rayos de luz mientras suena una animada música. Las lámparas que cuelgan del gran ábside parecen flotar en el aire.

Giras sobre ti mismo y ves el gran rosetón que representa el Juicio Final. Buenos y malos, justos y pecadores, qué más da. Los rayos cruzan con violencia la estancia para juntarse con todos los demás. Ojalá estuvieras tú allá arriba, viendo el espectáculo desde el balcón que asoma sobre la capilla superior de la Sainte-Chapelle de París.

Rosetón de la Sainte-Chapelle

 

Desde ahí lo veía Luis IX, el rey que mandó construir esta capilla en 1242 para albergar las 22 (supuestas) reliquias de la Pasión de Cristo, entre ellas un pedazo de la Corona de espinas, cuya adquisición en 1239 superó con creces el coste de toda la construcción. Las reliquias fueron quemadas durante la Revolución, en 1789, y las que sobrevivieron se guardaron en la catedral de Notre Dame.

En realidad, la Sainte-Chapelle era una capilla privada, pues se levantó en la residencia de los reyes de Francia entre los siglo X y XIV, en la famosa isla de la Cité, junto a la Conciergerie (la cárcel que encerró a María Antonieta) y a pocos pasos de Notre-Dame. Actualmente es el Palacio de Justicia.

En su caso, el verbo levantar nunca estuvo mejor utilizado. Se trata de un edificio gótico, y como tal, muy ambicioso en altura. El espacio interior ronda los 20 metros, pero en el exterior se eleva aún más gracias al pináculo que lo corona. Una bóveda rebajada recubre una estatua de la Virgen, patrona del santuario, que da la bienvenida al visitante en la capilla inferior. Junto a ella hay un fresco de la Anunciación del siglo XIII; es el mural más antiguo de París. Este espacio estaba destinado a la oración del personal de Palacio; hoy aloja la tienda de recuerdos.

Como decíamos, los reyes, desde Hugo Capeto hasta Carlos V, se saltaban este insípido aperitivo y aparecía directamente en la terraza, que en su día estaba comunicada directamente con el palacio. Desde ahí veía las 15 vidrieras que hacen posible el juego de luces y colores. Todas salvo una narran la Historia de la Humanidad, por supuesto, con una perspectiva bíblica, desde el Génesis hasta la resurrección de Cristo. La excepción cuenta la llegada de la Corona de espinas de Jerusalén a Francia.

Es necesario verla de día y con luz natural para disfrutar en plenitud del espectáculo que paga con creces el coste de la entrada, dos condiciones bastante excepcionales en una ciudad como París. Aún así, miles de personas forman una fila políglota todos los días para ser testigos del más delicioso baile de luces de París.

Ábside central de la Sainte-Chapelle

 

Lugar: Sainte-Chapelle.

Dirección: 4 Boulevard du Palais, Île de la Cité, París.

Horario: de marzo a octubre, de 9.30 a 18.00 horas; de noviembre a febrero, de 9.00 a 17.00 horas.

Tarifas: Adultos, 8 euros; entre 18 y 25 años, 5 euros; gratuito para ciudadanos de la Unión Europea menores de 26.

Metro: Cité (línea 4).