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Paul Signac: de puerto en puerto

Mapa aproximado del recorrido de Paul Signac.

Paul avanza a bordo de su barco Olympia silueteando los golfos y cabos que dibujan la costa francesa. Se para en la entrada del puerto de Concarneau. Calibra la intensidad de la luz, analiza los efectos que crea sobre el agua y sobre los edificios cercanos, escoge una perspectiva, saca las pinturas, el papel y esboza en menos de una hora una acuarela que quizá luego pase a lienzo en el taller, que es un lugar más estable para instalar el caballete. Si en ese momento pasa una barca de pescadores, la pinta; si está lloviendo a cántaros, lo pinta; si son las cinco de la tarde, también lo pinta.

Este fue poco más o menos el día a día de Paul Signac entre marzo de 1929 y abril de 1931, contando con algunas interrupciones indeseadas. Fue un proyecto personal financiado por su amigo el empresario Gaston Lévy. Se trataba de recorrer toda la costa francesa pintando puertos sobre acuarela, desde Marsella hasta Calais, pasando por Nantes, Lorient y Le Havre. En total cien puertos, cuarenta de la Mancha, otros cuarenta del Atlántico y veinte del Mediterráneo. En cada uno pintaría dos acuarelas, una para su benefactor y otra para sí mismo. A este viaje está consagrada la exposición de Paul Signac en La Piscine de Roubaix.

Paul Signac, 'Calais', 1930

En sólo tres salas, de las cuales sólo la última está dedicada específicamente a la serie de Los Puertos de Francia, se entiende muy bien la carrera de Signac. Una introducción en la que se incluyen algunos de sus clásicos lienzos puntillistas, el estilo que le dio la fama, que permite conocer los centros de interés, la forma de trabajar y los objetivos del artista. En la segunda parte, con cuadros de Claudio de Lorena, Corot y Eugène Boudin entre otros, se descubre que de ellos tomó la buena elección de la perspectiva. Un enorme lienzo de Vernet con una preciosa vista del puerto de La Rochelle (ver la Obra de la semana) anima aún más a disfrutar del proyecto más ambicioso del artista.

Signac, un pintor ya maduro de 65 años, fue capaz de introducir una señas de identidad en sus acuarelas. Se benefició de la flexibilidad de pintar con lápiz para dar un tratamiento muy ligero al paisaje; cuatro líneas negras que caen del cielo son suficientes para pintar la lluvia, una línea amarilla serpenteante vale para reflejar el movimiento de las olas. La promesa de hacer dos versiones de cada puerto permite una diversidad muy enriquecedora: el puerto de Saint-Nazaire no es el mismo a las nueve de la mañana que a las seis de la tarde, ni siquiera hay las mismas grúas. El propio artista cambia de posición para representar una cara diferente del lugar, quizás esta vez con más agua, o que se vea la entrada al puerto, o el humo de las fábricas de Dunkerque.

Paul Signac, 'Toulon', 1931

Criado artísticamente en Asnières, un pueblecito bañado por el Sena, Paul creó pronto un fuerte interés por la navegación, las regatas y los barcos amarrados en los puertos. Sus primeras acuarelas en blanco y negro así lo atestiguaban. Estudió a Claudio de Lorena, Corot, Turner; conoció a Monet, Boudin, Jongkind y a Georges Seurat, el que más influyó en él. El precursor del neo-impresionismo fue el que le educó en la teoría puntillista, una casi-ciencia que consiste en descomponer la vista humana en pequeños puntos, de forma que el ojo no sea engañado por la composición del artista. Seurat, autor de pinturas bastante planas, fue superado por su pupilo, que a pesar de la complicación de pintar una imagen como si fuera un mosaico, fue capaz de introducir matices de colores dentro del mismo objeto, e incluso de mantener su pincel impresionista reflejando el momento lumínico de la naturaleza.

A la belleza estética añadan el atractivo que siempre tiene el ver reflejados sobre un cuadro los lugares que has visto recientemente con tus propios ojos, y comprobar así que en el puerto industrial de Lorient hay tantas grúas como te imaginas, o que el puerto de Le Havre no ha cambiado mucho en sesenta años. Además de servir como escaparate turístico para próximos viajes. Siguiente destino (deseado): La Rochelle.

Título: Signac. Les Ports de France.

Lugar: La Piscine (Museo de Arte e Industria André Diligent, Roubaix, Francia)

Horarios: Martes a jueves de 11.00 a 18.00 horas, viernes de 11.00 a 20.00 horas, sábados y domingos de 13.00 a 18.00 horas. Lunes cerrado.

Tarifas: Entrada general 7 euros, reducida 4,50 euros y gratuita para estudiantes los viernes por la tarde y demandantes de empleo.

Metro: Gare Jean Lebas (línea 2).

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La dama de rojo

Preludio: La iglesia que fue catedral durante cinco minutos

Su cuerpo de arenisca roja nos engañó. A través de una estrecha callejuela desde la Rue des Grandes Arcades creímos haber visto la catedral de Estrasburgo, vestida de ese color rojo tan particular de la arquitectura religiosa alsaciana. Al otro lado del pasadizo nos encontramos con un edificio de escasas dimensiones para ser una catedral, con una fachada austera y ningún comercio ni restaurante a su alrededor. Miramos el cartel de la plaza: Place du Temple Neuf. No, esta no es la catedral.

Templo Nuevo

Desarrollo: Función exterior de edificios

Regresados a la calle principal, en la Plaza Gutemberg había un mercadillo de libros y comics, presidido por la estatua del señor que inventó la imprenta en esta ciudad en 1450. Una amiga le fue a hacer una foto a los puestos y uno de los vendedores le dijo sonriendo: “Las fotos a la catedral”, e hizo un gesto con la mano izquierda como si ésta estuviese cerca, muy cerca.

Vista de la catedral desde la rue Mercière

No serían ni veinte pasos más alante, ya desde la Rue du Vieux Marché aux Poissons, cuando nos encontramos con la fachada principal de la catedral de Notre-Dame de Estrasburgo, vestida de rojo, esbelta con líneas interminables y una torre a la izquierda. Desde esa posición parecía sostenida sobre una sola nave, pues la rue Mercière no dejaba ver las portadas laterales.

Esquivada la riada de turistas, nos encontramos con una plaza en la que cabía la catedral y poco más, apenas unas tiendas de souvenirs con muchas cigüeñas -el símbolo de Alsacia- y algún restaurante de chucrut frente a ella. Daba agobio pensar que en ese espacio tiene lugar cada año el mercado de Navidad más importante de Francia.

En el interior, la catedral parece aún más grande que por fuera. Es una estancia muy espaciosa marcada por la ausencia de capillas laterales (sólo tiene dos en la nave derecha). Un cartel en francés, inglés y alemán obliga a hacer la visita como ellos quieren; la parte izquierda está reservada para las confesiones y la derecha para la salida. Avanzamos pues por la nave central, salteada de paneles explicativos. Como siempre, me fijo en las vidrieras, bien coloreadas, bien conservadas y efectivas hasta cierto punto, pues la arenisca es muy oscura y se necesitan algunas lámparas de luz artificial para iluminar la catedral.

A un lado del transepto se encuentra el Pilar del Juicio Final o Pilar de los Ángeles, una columna bien tallada que representa a muchos ángeles en la escena del Juicio Final (no era difícil de adivinar). Estaba junto a un reloj astronómico, que si bien no desentonaba estéticamente, no aportaba nada allí dentro. Algo parecido al reloj astronómico de Praga, que tampoco aporta nada en la calle.

Me quedo en el otro extremo del transepto sobrecogido con un conjunto escultórico que representa a Jesús en el Monte de los Olivos. Un trabajo escultórico impresionante que incluye decenas de personajes y Cristo crucificado dominando la escena. Como en otros puntos de interés de la catedral, hay que meter una moneda de 50 céntimos para que se ilumine.

Rodear por completo el edificio es un paseo que dura bastantes minutos. Merece la pena detenerse en los arbotantes y en las líneas talladas sobre el rojo de la arenisca. Se me ocurre que la función exterior de edificios de mi cámara de fotos fue ideado para esta catedral, para captar mejor sus detalles y sus ángulos. Mi objetivo se detiene especialmente en los gabletes de la fachada principal, coronados todos ellos por diez pequeños pináculos. Desde atrás se aprecia mejor la aguja de 142 metros que la hizo ser durante dos siglos (desde que se terminó a mediados del siglo XV hasta las construcciones del XVII), el edificio más alto de la Cristiandad.

Conclusión: Una ciudad bipolar.

“Estrasburgo es francesa de corazón desde 1944”, aseguró la voz que nos explicó el recorrido que hicimos en barco por los dos ríos que surcan la ciudad. Cualquiera que intente refutar dicha afirmación encontrará bastantes argumentos para hacerlo: la comida (salchicha, básicamente), la calidad de la cerveza, el aspecto físico de sus habitantes (rubios con ojos azules), la arquitectura, la cercacía con la frontera (10 kilómetros), el bilingüismo… cualquiera diría que es una ciudad alemana. No en vano, perteneció durante ocho siglos al Sacro Imperio Romano Germánico antes de caer en manos de Luis XIV tras la Guerra de los Treinta Años. Capituló frente al imperio alemán en la Guerra Franco-Prusiana (1870) y fue devuelto a Francia como compensación a los desastres ocasionados por Alemania durante la Segunda Guerra Mundial.

Si alguien duda de que Estrasburgo es históricamente más alemana que francesa, basta con darse una vuelta por la Petite France, uno de los barrios más turísticos de la ciudad. Este fue en su fundación el lugar en el que se instalaron los hospitales para curar a los enfermos de peste, y debe su nombre al país de donde pensaban los estrasburgueses que venían todas las enfermedades.

La Petite France

Amiens, una catedral en penumbra

La guía que nos enseñó el centro de la ciudad no se cansaba de repetirlo: “Hoy no es el mejor día para ver Amiens”. La mujer lo decía porque no le apetecía andar por la calle durante casi dos horas bajo la persistente lluvia que afeó todo el día el norte de Francia. Un día gris típico de Amiens, un contratiempo con el que hay que convivir día tras día en esta parte del mundo en la que ‘El jardín de Giverny’ vuelve a tomar impulso.

La lluvia no impidió a la convención de paragüas que formaba parte del cortejo encaminar sus pasos hacia el lugar de referencia de esta ciudad, la catedral de Notre-Dame. Es fácil recordar a su hermana homónima de París con tan sólo ver su fachada principal, al fin y al cabo, ambas son obras cumbre del gótico francés: las dos torres, los rosetones del centro y de los dos extremos del transepto, los arbotantes de los laterales y el ábside… Sin embargo, la de Amiens tiene el honor de ser la catedral más grande de Francia: 7.700 metros cuadrados, 145 metros de longitud de una punta a otra, 70 metros de transepto y una aguja que alcanza los 112 metros de altura.

Fachada occidental

El edificio imponente que es hoy sufrió tres incendios en tres siglos seguidos (1019, 1137, 1213). Después del último, el obispo Evrard de Fouilloy decidió reconstruirlo para acoger una parte de las reliquias de San Juan Bautista y le dio el mando a Robert de Luzarches. Inspirado en las catedrales de Chartres y Reims, comenzó las obras por la fachada occidental. Cuatro columnas avanzan para servir de contrafuertes a las dos torres, cada una de distinta altura, la torre Sur de cinco pisos y la Norte de seis. El rosetón queda encuadrado entre la galería de los Reyes y la galería de los Campaneros, y toda la estructura es apuntada por las típicas agujas góticas, dispuestas con orden y coherencia.

Las tres portadas de la fachada están diseñadas en arquivolta, dando la sensación de que cada arco acompaña al visitante en su entrada a la catedral. La portada central, que sólo se abre para ocasiones especiales, representa a los Doce apóstoles conducidos por los cuatro grandes profestas (Isaías y Jeremías a la derecha, Daniel y Ezequiel a la izquierda) hacia la figura de Cristo, que divide la puerta en dos. La portada Sur homenajea a la Virgen María y al obispo Evrard de Fouilloy, mientras que la Norte hace lo propio con San Fermín, el primer hombre que trajo el Evangelio a Amiens, y sus discípulos.

Portada central

Una vez dentro, la sensación de estar ante algo magnífico disminuye. La penumbra inunda la estancia por la mala conservación de las vidrieras, caídas y oscurecidas por el paso del tiempo, sin restar al mal tiempo su parte de culpa. Las únicas vidrieras restauradas, las del fondo del ábside, pagan la escasa inteligencia de su autor, quien llenó unas cristaleras de 10 metros de alto de rojo magenta y de azul marino; la luz apenas logra traspasar colores tan fuertes.

 

Nave central

La escasa luz natural no permite disfrutar de la decoración barroca de las capillas y de los cuadros de bella factura que custodian, pero no enmascara el blanco artificial de los muros que cubren el altar y el ábside, producto de una mala restauración. El altar está presidido por un conjunto escultórico de unos 20 metros de alto muy descuidado, en el que el color piedra es homogéneo y apenas se distinguen las figuras. El coro, eso sí, es un gran trabajo sobre madera, pues refleja con delicados detalles las vidas de San Juan Bautista y San Fermín en su perímetro y más de 4.000 figuras en la sillería.

En el perímetro se encuentra la tumba de Monseñor Guislain Lucas, benefactor de los niños desfavorecidos. Toda catedral tiene su parte de leyenda, y la de Amiens está presidida por la pequeña escultura de un angelito llorando que hay encima de esta tumba. Los herederos de Monseñor Lucas encargaron la realización de la sepultura al escultor Nicolas Blasset, pero quedaron tan disgutados con el resultado final que hicieron esculpir este ángel llorón encima de la tumba. A simple vista, la obra no está tan mal.

El lado fetichista lo pone Saint Christophe, un gigante esculpido en el lado Sur de la catedral que porta sobre los hombros al Niño Jesús. Para los amiensois es como su patrón.

Al final de la jornada, Amiens y su catedral nos dieron menos de lo que se podía adivinar bajo la lluvia, como si nos emplazaran a volver otro día. Habrá que darle una segunda oportunidad.

Baile de luces en París

Cabeza gacha y cuerpo en escorzo. Son sólo treinta o cuarenta escalones en espiral los que hay que ascender en esa posición. Por fin, yergues la columna y levantas la cabeza, y una explosión de colores sucede ante tus ojos. El azul se saluda con el amarillo, el rojo baila con el verde, el naranja y el morado sonríen a todos.

Te rodea una estancia cubierta de vidrieras, te envuelve una vorágine de colores; si estuvieras en una película infantil te elevarías sobre el suelo como por arte de magia y empezarías a bailar con los rayos de luz mientras suena una animada música. Las lámparas que cuelgan del gran ábside parecen flotar en el aire.

Giras sobre ti mismo y ves el gran rosetón que representa el Juicio Final. Buenos y malos, justos y pecadores, qué más da. Los rayos cruzan con violencia la estancia para juntarse con todos los demás. Ojalá estuvieras tú allá arriba, viendo el espectáculo desde el balcón que asoma sobre la capilla superior de la Sainte-Chapelle de París.

Rosetón de la Sainte-Chapelle

 

Desde ahí lo veía Luis IX, el rey que mandó construir esta capilla en 1242 para albergar las 22 (supuestas) reliquias de la Pasión de Cristo, entre ellas un pedazo de la Corona de espinas, cuya adquisición en 1239 superó con creces el coste de toda la construcción. Las reliquias fueron quemadas durante la Revolución, en 1789, y las que sobrevivieron se guardaron en la catedral de Notre Dame.

En realidad, la Sainte-Chapelle era una capilla privada, pues se levantó en la residencia de los reyes de Francia entre los siglo X y XIV, en la famosa isla de la Cité, junto a la Conciergerie (la cárcel que encerró a María Antonieta) y a pocos pasos de Notre-Dame. Actualmente es el Palacio de Justicia.

En su caso, el verbo levantar nunca estuvo mejor utilizado. Se trata de un edificio gótico, y como tal, muy ambicioso en altura. El espacio interior ronda los 20 metros, pero en el exterior se eleva aún más gracias al pináculo que lo corona. Una bóveda rebajada recubre una estatua de la Virgen, patrona del santuario, que da la bienvenida al visitante en la capilla inferior. Junto a ella hay un fresco de la Anunciación del siglo XIII; es el mural más antiguo de París. Este espacio estaba destinado a la oración del personal de Palacio; hoy aloja la tienda de recuerdos.

Como decíamos, los reyes, desde Hugo Capeto hasta Carlos V, se saltaban este insípido aperitivo y aparecía directamente en la terraza, que en su día estaba comunicada directamente con el palacio. Desde ahí veía las 15 vidrieras que hacen posible el juego de luces y colores. Todas salvo una narran la Historia de la Humanidad, por supuesto, con una perspectiva bíblica, desde el Génesis hasta la resurrección de Cristo. La excepción cuenta la llegada de la Corona de espinas de Jerusalén a Francia.

Es necesario verla de día y con luz natural para disfrutar en plenitud del espectáculo que paga con creces el coste de la entrada, dos condiciones bastante excepcionales en una ciudad como París. Aún así, miles de personas forman una fila políglota todos los días para ser testigos del más delicioso baile de luces de París.

Ábside central de la Sainte-Chapelle

 

Lugar: Sainte-Chapelle.

Dirección: 4 Boulevard du Palais, Île de la Cité, París.

Horario: de marzo a octubre, de 9.30 a 18.00 horas; de noviembre a febrero, de 9.00 a 17.00 horas.

Tarifas: Adultos, 8 euros; entre 18 y 25 años, 5 euros; gratuito para ciudadanos de la Unión Europea menores de 26.

Metro: Cité (línea 4).