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Recuperar al crítico de arte

Llámenme romántico. O iluso, si quieren. Pero, la verdad, me gustaría que la figura del crítico de arte volviese al periodismo. Cualquier director de prensa se reiría en mi cara. Homer Simpson me saldría con eso de: “sí, claro, y yo vivo en el país de las piruletas, en la calle de la gominola”. Pero pienso que su regreso puede ayudar a difundir el arte contemporáneo y a crear una opinión más formada sobre el arte a todos los que frecuentamos los museos.

 

Soy consciente de que hay muchos argumentos de peso en contra; que si el arte no vende, que a quién le interesa eso…Estamos pasando por una era audiovisual en el periodismo en la que nos informamos básicamente a través de la televisión o de Youtube (no es broma, en algunos colegios de Inglaterra lo utilizan como fuente de aprendizaje).

 

Los aficionados al arte no somos muchos, y muchos menos los que leeríamos una columna de opinión en un periódico sobre alguna exposición. Pero para aquellos que lo haríamos, sería una gran ayuda que algún experto nos hubiera presentado a Cy Twombly, un veterano pintor norteamericano que el verano pasado expuso quince cuadros muy interesantes en el Prado, y que contadas personas fueron a ver porque casi nadie le conocía. Si alguien nos hubiera informado de la exposición, del artista y, en definitiva, nos hubiese puesto los dientes largos por ir a verle, el número de visitantes hubiese aumentado considerablemente.

 

Cy Twombly; Lepanto; 2001

No quiero pintar al crítico de arte como una figura etérea, que todavía no existe y hay que fabricar. Crítico de arte puede ser un comisario de exposiciones, un guía de museo, un investigador de la Historia del arte, un periodista especializado o un artista profesional. Basta con poseer los conocimientos suficientes y tener criterio para valorar una obra.

 

Estos bienhechores del arte vivieron sus días de gloria a finales del siglo XIX y principios del XX en Francia, la meca del arte en esos años. Escribían artículos habitualmente en los periódicos de París en los que hablaban de la actualidad del arte y criticaban las nuevas propuestas de los artistas de la época.

 

En 1874, un grupo de 39 pintores expuso una serie de cuadros entre los que se encontraba Impresión: sol naciente, de Claude Monet. Al día siguiente, Louis Leroy tituló su columna en el diario Le Charivari Exposición de impresionistas. Del cuadro de Monet decía, parafraseando su título: “Al contemplar la obra pensé que mis anteojos estaban sucios, ¿qué representa esta tela?…, el cuadro no tenía ni derecho ni revés…, ¡Impresión!, desde luego produce impresión…, el papel pintado en estado embrionario está más hecho que esta marina”. El resto de críticos que opinaron sobre la muestra también transmitieron unas críticas demoledoras, que ayudaron a que los pintores no consiguiesen vender ningún cuadro. El mundo del arte francés, excesivamente academicista, no estaba preparado para una revolución de ese calibre.

 

Claude Monet; Impresión, sol naciente

El artículo de Leroy alcanzó el efecto contrario al que pretendía. A pesar del uso peyorativo del término, a ese grupo de artistas le gustó la palabra. Impresionistas. Era precisamente lo que querían, producir una impresión fugaz de la realidad mediante la luz reflejada en el paisaje. Decidieron que aquella denominación les identificaría como grupo.

 

Seis años y dos exposiciones impresionistas después, una parte de aquel elenco de pintores consiguió ganarse el favor del público y de la crítica. Esos son los nombres que nos han quedado para la Historia de la pintura: Claude Monet, Auguste Renoir, Edgar Degas… El triunfo de esta nueva forma de pintar propició la posterior aparición de algunos artistas brillantes, entre ellos, Vincent Van Gogh.

 

Algo parecido sucedió con el nacimiento del grupo fauvista, antítesis del impresionismo en cuanto a la intención de plasmar la realidad tal y como es. Su nombre lo acuñó el crítico Louis Vouxcelles en 1905 después de ver esos cuadros de colorido exagerado junto a una delicada escultura de corte clásico. Tituló el artículo Donatello entre las fieras.

 

Henri Matisse; La habitación roja

Los autores de esos cuadros, liderados por Henri Matisse, pensaron que la palabra fieras definía perfectamente su estilo agresivo de pintar, y decidieron identificarse desde entonces con el nombre de fauvistas. Más tarde, no les costó mucho ganarse el favor de la sociedad parisina, que empezaba a acostumbrase a los nuevos movimientos de vanguardia.

 

Ambos son ejemplos de la influencia que tenían los críticos en la Francia de aquellos años. Eran hombres reputados y escuchados, que con sus críticas colaboraron a la difusión y a la evolución del arte.

 

A lo largo del siglo XX, los críticos de arte se han encerrado demasiado en su especialización, se han elitizado y se han dedicado exclusivamente a escribir a su público de intelectuales y listillos entendidos en la materia, desarrollando un lenguaje quasi sectario que se aleja mucho de los principios de la redacción periodística. Expresiones como “dinámica procesual” o “enjambre dialéctico” son inaceptables en un texto periodístico.

 

Este encerramiento, unido a la pérdida de interés de la gran masa social por el arte, les ha sacado de las páginas de los periódicos y ahí han perdido su canal de comunicación con el gran público.

 

Para superarlo es necesaria una mayor proliferación de periodistas especializados en arte, que por su conexión con la actualidad y con la opinión pública son los que mejor pueden transmitir una crítica con estilo y lenguaje accesibles. Acercaríamos al gran público el arte contemporáneo, en el que hay muchos artistas muy interesantes deambulando por las salas más inhóspitas, y ayudaríamos a que la gente conociese a algunas de las figuras más geniales de la Historia de la cultura. Podemos empezar por los propios impresionistas, de los que la Fundación Mapfre inaugura una exposición el día 13.

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