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La empatía de Miquel Barceló

Quién no ha tenido alguna vez la intención de tirarlo todo por la borda, cuando piensas que lo que estás haciendo no vale para nada y prefieres romper con todo y empezar de cero. La enrevesada mente del pintor padece esa sensación más a menudo que el resto de los mortales, presionado por un mercado que no muestra hacia la pintura la misma receptividad de antaño. Para el que vive de su inspiración, la ausencia de ella resulta insoportable.

 

Seguramente Miquel Barceló (Felanitx, 1957) no haya sufrido tanto a lo largo de su carrera; es el pintor vivo más importante de España, máximo exponente de una disciplina que en el momento contemporáneo no vive su etapa más boyante, lejos del éxito mediático y monetario de los Calatrava y compañía. El artista mallorquín comprende al ser humano, su forma de pensar y de vivir; esta virtud se convierte en uno de los guiones para seguir la retrospectiva que le dedica CaixaForum Madrid hasta el 13 de junio, en la que el pintor se ha implicado personalmente seleccionando algunas obras de su colección particular. Antes de entrar al edificio del Paseo del Prado, un elefante de siete metros haciendo el pino sobre su trompa sirve de aperitivo.

 

El artista borracho, 1984

El artista borracho (1984) es una de las obras que da la bienvenida en una primera sala enorme. Un río de agua en el que se hunden algunas pinturas, una copa de vino y una botella a la deriva dominan la escena; apenas un mentón asoma por el extremo izquierdo del cuadro. En El pequeño amor loco (1984), el artista contempla con las manos en la cabeza el desorden en que se ha convertido su estudio, fruto de su incapacidad para crear nada potable.

 

Son evidentes desde el principio las señas de identidad de Barceló en el aspecto formal: la materia, el relieve, la multiplicación de planos, los cuadros grumosos, de textura áspera. Un gusto por el relieve inspirado quizás en la herencia española de los años 60 de Manolo Millares, Antonio Saura o Antoni Tápies. En ocasiones llega a completar una tercera dimensión sobre el papel, como en los granos de la paella de La gran cena española (1985) o la mesa y la berenjena de Estudio con esculturas ecuestres (1993). Resulta difícil ponerle nombre a esa forma de pintar; la exposición lo soluciona con un eufemismo poco preciso: “Técnica mixta sobre lienzo”.

 

Desde el punto de vista temático, el guión de Barceló está determinado por sus numerosos viajes, la mayoría de ellos mochila al hombro, como el que hizo por el Himalaya el año pasado. Después de un rinconcito dedicado a las fascinantes acuarelas con las que el artista ilustró una edición de la Divina comedia de Dante, se abre un distribuidor que conviene recorrer empezando por la izquierda para seguir el orden lógico de sus excursiones por el mundo. En el extremo izquierdo, una salita para el desierto del Sáhara, que cruzó a finales de la década de los 80 del siglo pasado. El relieve lo forman aquí unas pocas piedras dispuestas sobre un fondo de arena blanca, sin horizonte. El pintor lo calificó como “una alegoría de la formación de las dunas”. El título de uno de los cuadros es más elocuente: Paisaje para ciegos sobre fondo verde (1988).

 

A lo largo del recorrido también queda patente su gusto por el tema gastronómico. Papayas, calabazas, tomates, paellas, cocidos y berenjenas son en muchas ocasiones protagonistas únicos de sus pinturas. El autor de la polémica cúpula del Centro de Naciones Unidas en Ginebra (2007-2008) considera la cocina un arte tan refinado como la propia pintura.

 

Mercado de Sangha, 2007

En el otro extremo del distribuidor, la exposición continúa con la serie sobre África, la más brillante de la carrera del mallorquín. Barceló compró una casa en Gogoli, Mali, para contemplar desde las orillas del río Níger la vida de las tribus africanas. Entre 1991 y 2007 realizó una serie de cuadros que, pese a su imprecisión técnica, se meten de lleno en la vida de las personas, en especial de las mujeres. Miquel Barceló comprende sus condiciones de vida, sabe lo que piensan, lo que hacen y cómo lo hacen. Un cuadro sin título del año 2007 en el que un grupo de mujeres con tinajas en la cabeza desfilan hacia el río para buscar agua resulta especialmente revelador. La acertada elección de los tonos pastel característicos de estas tierras, combinada con el colorido ropaje de las mujeres, completan una serie deliciosa, en la que Barceló olvida los cuadros de materia para encontrar la sutileza y la sensibilidad.

 

La exposición termina con una serie de retratos y con el cuadro que da título a la muestra, La solitude organisative (2008), en el que un gorila solitario ante un fondo blanco muestra tristeza y despierta ternura. Barceló confesó que el gorila es un autorretrato. Esta magnífica obra culmina un nuevo éxito rotundo de CaixaForum Madrid, con una muestra bien seleccionada, cuidada, cómoda de visitar y muy completa -aunque la obra de Barceló daría para otra exposición igual de ambiciosa y no bajaría en calidad.

 

La solitude organisative, 2008

Una anécdota para terminar. Llegado a esta última sala, el pasado 11 de febrero un señor de unos 60 años no pudo contener por más tiempo la tentación de comprobar la característica textura de los cuadros de Barceló y arrastró su mano sobre un cuadro que costará sus buenos millones de euros. A la reprimenda de los encargados de seguridad se unió la mala fortuna de que lo hizo en presencia de la dueña de la obra.

Nombre: Miquel Barceló. 1983-2009. La solitude organisative.

Lugar: CaixaForum Madrid.

Duración: 10 de febrero – 13 de junio de 2010.

Horario: De lunes a domingo de 10.00 a 20.00 horas.

Tarifas: Entrada gratuita.