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La dama de rojo

Preludio: La iglesia que fue catedral durante cinco minutos

Su cuerpo de arenisca roja nos engañó. A través de una estrecha callejuela desde la Rue des Grandes Arcades creímos haber visto la catedral de Estrasburgo, vestida de ese color rojo tan particular de la arquitectura religiosa alsaciana. Al otro lado del pasadizo nos encontramos con un edificio de escasas dimensiones para ser una catedral, con una fachada austera y ningún comercio ni restaurante a su alrededor. Miramos el cartel de la plaza: Place du Temple Neuf. No, esta no es la catedral.

Templo Nuevo

Desarrollo: Función exterior de edificios

Regresados a la calle principal, en la Plaza Gutemberg había un mercadillo de libros y comics, presidido por la estatua del señor que inventó la imprenta en esta ciudad en 1450. Una amiga le fue a hacer una foto a los puestos y uno de los vendedores le dijo sonriendo: “Las fotos a la catedral”, e hizo un gesto con la mano izquierda como si ésta estuviese cerca, muy cerca.

Vista de la catedral desde la rue Mercière

No serían ni veinte pasos más alante, ya desde la Rue du Vieux Marché aux Poissons, cuando nos encontramos con la fachada principal de la catedral de Notre-Dame de Estrasburgo, vestida de rojo, esbelta con líneas interminables y una torre a la izquierda. Desde esa posición parecía sostenida sobre una sola nave, pues la rue Mercière no dejaba ver las portadas laterales.

Esquivada la riada de turistas, nos encontramos con una plaza en la que cabía la catedral y poco más, apenas unas tiendas de souvenirs con muchas cigüeñas -el símbolo de Alsacia- y algún restaurante de chucrut frente a ella. Daba agobio pensar que en ese espacio tiene lugar cada año el mercado de Navidad más importante de Francia.

En el interior, la catedral parece aún más grande que por fuera. Es una estancia muy espaciosa marcada por la ausencia de capillas laterales (sólo tiene dos en la nave derecha). Un cartel en francés, inglés y alemán obliga a hacer la visita como ellos quieren; la parte izquierda está reservada para las confesiones y la derecha para la salida. Avanzamos pues por la nave central, salteada de paneles explicativos. Como siempre, me fijo en las vidrieras, bien coloreadas, bien conservadas y efectivas hasta cierto punto, pues la arenisca es muy oscura y se necesitan algunas lámparas de luz artificial para iluminar la catedral.

A un lado del transepto se encuentra el Pilar del Juicio Final o Pilar de los Ángeles, una columna bien tallada que representa a muchos ángeles en la escena del Juicio Final (no era difícil de adivinar). Estaba junto a un reloj astronómico, que si bien no desentonaba estéticamente, no aportaba nada allí dentro. Algo parecido al reloj astronómico de Praga, que tampoco aporta nada en la calle.

Me quedo en el otro extremo del transepto sobrecogido con un conjunto escultórico que representa a Jesús en el Monte de los Olivos. Un trabajo escultórico impresionante que incluye decenas de personajes y Cristo crucificado dominando la escena. Como en otros puntos de interés de la catedral, hay que meter una moneda de 50 céntimos para que se ilumine.

Rodear por completo el edificio es un paseo que dura bastantes minutos. Merece la pena detenerse en los arbotantes y en las líneas talladas sobre el rojo de la arenisca. Se me ocurre que la función exterior de edificios de mi cámara de fotos fue ideado para esta catedral, para captar mejor sus detalles y sus ángulos. Mi objetivo se detiene especialmente en los gabletes de la fachada principal, coronados todos ellos por diez pequeños pináculos. Desde atrás se aprecia mejor la aguja de 142 metros que la hizo ser durante dos siglos (desde que se terminó a mediados del siglo XV hasta las construcciones del XVII), el edificio más alto de la Cristiandad.

Conclusión: Una ciudad bipolar.

“Estrasburgo es francesa de corazón desde 1944”, aseguró la voz que nos explicó el recorrido que hicimos en barco por los dos ríos que surcan la ciudad. Cualquiera que intente refutar dicha afirmación encontrará bastantes argumentos para hacerlo: la comida (salchicha, básicamente), la calidad de la cerveza, el aspecto físico de sus habitantes (rubios con ojos azules), la arquitectura, la cercacía con la frontera (10 kilómetros), el bilingüismo… cualquiera diría que es una ciudad alemana. No en vano, perteneció durante ocho siglos al Sacro Imperio Romano Germánico antes de caer en manos de Luis XIV tras la Guerra de los Treinta Años. Capituló frente al imperio alemán en la Guerra Franco-Prusiana (1870) y fue devuelto a Francia como compensación a los desastres ocasionados por Alemania durante la Segunda Guerra Mundial.

Si alguien duda de que Estrasburgo es históricamente más alemana que francesa, basta con darse una vuelta por la Petite France, uno de los barrios más turísticos de la ciudad. Este fue en su fundación el lugar en el que se instalaron los hospitales para curar a los enfermos de peste, y debe su nombre al país de donde pensaban los estrasburgueses que venían todas las enfermedades.

La Petite France
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