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Paul Signac: de puerto en puerto

Mapa aproximado del recorrido de Paul Signac.

Paul avanza a bordo de su barco Olympia silueteando los golfos y cabos que dibujan la costa francesa. Se para en la entrada del puerto de Concarneau. Calibra la intensidad de la luz, analiza los efectos que crea sobre el agua y sobre los edificios cercanos, escoge una perspectiva, saca las pinturas, el papel y esboza en menos de una hora una acuarela que quizá luego pase a lienzo en el taller, que es un lugar más estable para instalar el caballete. Si en ese momento pasa una barca de pescadores, la pinta; si está lloviendo a cántaros, lo pinta; si son las cinco de la tarde, también lo pinta.

Este fue poco más o menos el día a día de Paul Signac entre marzo de 1929 y abril de 1931, contando con algunas interrupciones indeseadas. Fue un proyecto personal financiado por su amigo el empresario Gaston Lévy. Se trataba de recorrer toda la costa francesa pintando puertos sobre acuarela, desde Marsella hasta Calais, pasando por Nantes, Lorient y Le Havre. En total cien puertos, cuarenta de la Mancha, otros cuarenta del Atlántico y veinte del Mediterráneo. En cada uno pintaría dos acuarelas, una para su benefactor y otra para sí mismo. A este viaje está consagrada la exposición de Paul Signac en La Piscine de Roubaix.

Paul Signac, 'Calais', 1930

En sólo tres salas, de las cuales sólo la última está dedicada específicamente a la serie de Los Puertos de Francia, se entiende muy bien la carrera de Signac. Una introducción en la que se incluyen algunos de sus clásicos lienzos puntillistas, el estilo que le dio la fama, que permite conocer los centros de interés, la forma de trabajar y los objetivos del artista. En la segunda parte, con cuadros de Claudio de Lorena, Corot y Eugène Boudin entre otros, se descubre que de ellos tomó la buena elección de la perspectiva. Un enorme lienzo de Vernet con una preciosa vista del puerto de La Rochelle (ver la Obra de la semana) anima aún más a disfrutar del proyecto más ambicioso del artista.

Signac, un pintor ya maduro de 65 años, fue capaz de introducir una señas de identidad en sus acuarelas. Se benefició de la flexibilidad de pintar con lápiz para dar un tratamiento muy ligero al paisaje; cuatro líneas negras que caen del cielo son suficientes para pintar la lluvia, una línea amarilla serpenteante vale para reflejar el movimiento de las olas. La promesa de hacer dos versiones de cada puerto permite una diversidad muy enriquecedora: el puerto de Saint-Nazaire no es el mismo a las nueve de la mañana que a las seis de la tarde, ni siquiera hay las mismas grúas. El propio artista cambia de posición para representar una cara diferente del lugar, quizás esta vez con más agua, o que se vea la entrada al puerto, o el humo de las fábricas de Dunkerque.

Paul Signac, 'Toulon', 1931

Criado artísticamente en Asnières, un pueblecito bañado por el Sena, Paul creó pronto un fuerte interés por la navegación, las regatas y los barcos amarrados en los puertos. Sus primeras acuarelas en blanco y negro así lo atestiguaban. Estudió a Claudio de Lorena, Corot, Turner; conoció a Monet, Boudin, Jongkind y a Georges Seurat, el que más influyó en él. El precursor del neo-impresionismo fue el que le educó en la teoría puntillista, una casi-ciencia que consiste en descomponer la vista humana en pequeños puntos, de forma que el ojo no sea engañado por la composición del artista. Seurat, autor de pinturas bastante planas, fue superado por su pupilo, que a pesar de la complicación de pintar una imagen como si fuera un mosaico, fue capaz de introducir matices de colores dentro del mismo objeto, e incluso de mantener su pincel impresionista reflejando el momento lumínico de la naturaleza.

A la belleza estética añadan el atractivo que siempre tiene el ver reflejados sobre un cuadro los lugares que has visto recientemente con tus propios ojos, y comprobar así que en el puerto industrial de Lorient hay tantas grúas como te imaginas, o que el puerto de Le Havre no ha cambiado mucho en sesenta años. Además de servir como escaparate turístico para próximos viajes. Siguiente destino (deseado): La Rochelle.

Título: Signac. Les Ports de France.

Lugar: La Piscine (Museo de Arte e Industria André Diligent, Roubaix, Francia)

Horarios: Martes a jueves de 11.00 a 18.00 horas, viernes de 11.00 a 20.00 horas, sábados y domingos de 13.00 a 18.00 horas. Lunes cerrado.

Tarifas: Entrada general 7 euros, reducida 4,50 euros y gratuita para estudiantes los viernes por la tarde y demandantes de empleo.

Metro: Gare Jean Lebas (línea 2).

La terraza: detrás del lienzo

“Sufro sólo de pensar que su madre no tiene qué comer”. Esta confesión hecha por Claude Monet a su amigo Frédéric Bazille en el verano de 1867 sirve bien para ilustrar el origen de La terraza en Sainte-Adresse. En realidad la frase fue escrita después de acabar la obra, de lo cual se deduce que el cuadro no resultó del todo rentable.

 

En el verano de 1867, Claude y Camille esperaban su primer hijo, que nacería el 8 de agosto. Monet llevaba fuera del ambiente familiar ocho años, desde que se mudó a París para formarse como pintor. Su padre, Adolphe, era un hombre muy estricto al que siempre le había irritado la rebeldía de su hijo desde pequeño, de hecho, cuando Claude cumplió la mayoría de edad, le pidió a su hermana, la tía del artista, que se hiciera cargo del chico porque con él se mostraba “insumiso”. Para acabar de contentar a su padre, cuando Claude llegó a París rehusó inscribirse en la escuela de Bellas Artes y prefirió instalarse en un apartamento en la rue Pigalle, en el bohemio barrio de Montmartre.

 

Durante sus estancias intermitentes en casa de Adolphe, las peleas eran frecuentes, y después de una discusión especialmente agitada, el padre le retiró la ayuda financiera de la que había gozado hasta entonces. A principios de 1867, Claude le comunicó a su familia el embarazo de Camille, lo cual agravó aún más la situación. Adolphe le pidió que la abandonara, pero Claude se negó. Su tía también le quitó la pensión. La exigencia dejaba a Adolphe como un hipócrita, pues él había mantenido una relación y había dejado embarazada a una sirvienta de la casa.

 

La pareja decidió entonces fingir una repentina ruptura ante su padre y Claude negoció una tregua con su familia para pasar el verano de 1867 en Sainte-Adresse, la ciudad-balneario donde había veraneado durante toda su infancia con sus tíos y sus padres, para recuperar el cariño y el favor económico de su familia. El pintor vivió aquel verano deprimido y preocupado por su novia y su hijo mientras en su casa sólo se ocupaban de él para darle unos cubiertos y algo de comer.

 

Sería por esto que La terraza en Sainte-Adresse constituye un pequeño homenaje a su familia normanda. Su padre es el señor de barba canosa que está sentado en primer plano, su tía es la señora que está instalada en la silla de al lado y una prima lejana se asoma al balcón acompañada de un personaje no identificado.

Claude Monet, 'La terraza en Sainte-Adresse', 1867

 

La astucia no salió bien, y el cariño recuperado duró hasta que Claude volvió a París, a la vida dispersa. Salió adelante gracias a un fan, el señor Gaudibert, que vivia en Honfleur, también en Normandía. Gracias a este señor, la familia Monet, ya con un miembro más, pudo alquilar una casa para ellos solos en las afueras de París. El artista abandonó a su esposa un año después.

 

También por motivos económicos fue que la familia Monet dejó París y se mudó a Le Havre cuando Claude tenía 5 años. El padre era comerciante de productos coloniales, pero en París el negocio se estaba estancando, así que se fueron a vivir con los tíos de Claude a Normandía, donde su tío trabajaba de lo mismo, pero con más éxito. Toda la familia pasaba los inviernos en Le Havre y los veranos en Sainte-Adresse.

 

Artísticamente, el cuadro se enmarca dentro de los intentos de Monet por ser expuesto en el Salón oficial de París. Lo había conseguido con un par de marinas en 1864. El artista se había plegado en cierto modo a las exigencia del Salón: el pincel circula con menos fluidez de la que nos tiene acostumbrados, los colores son mucho más puros y más vivos, incluye alguna representación humana en la escena. Todo esto se puede apreciar en La terraza en Sainte-Adresse. La perspectiva alta, haciendo de mirador hacia el mar, recuerda a las estampas japonesas por las que todo el impresionismo sentía pasión y de las que Monet era gran coleccionista.

 

Esta es la triste historia de un cuadro pletórico, en el que el artista fue capaz de superar su delicada situación personal y refugiarse en lo que siempre le dio la vida: el sol, el agua y la luz.

 

La terraza

Desde que vi Mary Poppins tengo un sueño: meterme en un cuadro. Seguramente sea compartido por muchos. Quién no sintió envidia de los niños que se metían de un salto en un paisaje de dibujos animados en el que los pingüinos hacían de camareros locos.

La última vez que sentí esto fue durante la exposición de Monet en el Grand Palais. Afuera llovía, por supuesto. Cielo gris, plomizo, las nubes se movían a gran velocidad, como si quisieran ordenarse para que la tromba de agua cayese de forma uniforme sobre todo París. Al poco de comenzar la visita, al final de una de las colas que se formaron para ver cada sección, un cuadro me dejó ojiplático: Terraza en Sainte-Adresse.

Claude Monet, 'Terraza en Sainte-Adresse', 1867

El sol radiante invita a pensar en un día de verano; verano de 1867, concretamente. Los colores brillan como pocas veces lo he visto sobre un lienzo, gracias a la potencia de los rayos. Hay mucho verde, pero nunca es el mismo: el de las hojas es más pálido que el de la hierba. Las rosas piden protagonismo, como siempre, los geranios amarillos traen el contraste, y las flores blancas y azules aportan bellos matices cromáticos al jardín. Alrededor del mediodía, cuatro personas, quizá dos matrimonios burgueses de París, salen a una terraza a tomar el aperitivo. Hoy beberían vermú, o un mosto; en 1867 no sé lo que beberían. Uno de ellos se sienta en primer plano a tomar el sol, la mujer protegida por una sombrilla de esas que ya sólo usan en China. La otra pareja se adelanta para asomarse al balcón, a charlar frente a los barcos que merodean las aguas del puerto de Le Havre, en la costa de Normandía. ¡Han quedado dos sillas vacías! Seguramente sean para ellos, pero me dan ganas de entrar en la terraza, sentarme, cerrar los ojos y mirar al cielo.

Tiene mérito haber pensado todo esto entre empujones, pisotones y pardons. Sólo un par de señoras mayores me vieron parado entre la marabunta, entendieron lo que sentía y una de ellas me dijo con sinceridad: “C’est vraiment incroyable”.

Como no podía meterme en la terraza de un salto, como hacía Dick van Dyke en Mary Poppins, me encapriché del lugar y en ese mismo instante me dije: “Quiero ir a Sainte-Adresse”. Para matar la frustración de no poder entrar en un cuadro, no es mala solución el ir a los sitios donde están ambientados, al menos es más terrenal. En este caso, el viaje por Normandía y Bretaña previsto para el mes siguiente facilitó bastante las cosas.

Desconozco si hay mucha gente que para en Sainte-Adresse cuando viene a esta zona. No sé a cuánta gente le hara ilusión conocer el pueblecito costero donde se crió Claude Monet -vital y artísticamente-, fotografiar la casa donde pasó los veranos con sus tíos y con su padre -la típica casa unifamiliar del siglo XIX con enredaderas- y retratarse junto con el cartel de la calle que lleva su nombre -que por cierto no está en Saint-Adresse sino en Le Havre. De hecho, existe una especie de recorrido impresionista por toda la costa normanda. Étretat, donde Monet pinto los famosos acantilados, es parada obligada.

Andando por el paseo marítimo, encuentro el panel en el que se explica a grandes rasgos el cuadro de La terraza. Miro hacia arriba, hacia los edificios que están en primera línea, con la esperanza de encontrar algún elemento que identifique esa terraza, pero no lo consigo. Es de suponer que estará por allí cerca, pero no hay nada que lo señale. A pesar del encanto del lugar, del buen tiempo y de la vista preciosa de la playa de Le Havre -a apenas unos metros de allí-, ya poco o nada me recuerda al cuadro. Prefiero quedarme con la imagen en mi cabeza de los colores que florecen en el soleado jardín.

Mientras termino de escribir estas líneas, miro con nostalgia la pequeña lámina que hay colgada en mi casa de Lille. Creo que todavía confío en que algún día aparezca Dick van Dyke y me invite a tomar el aperitivo en la terraza de Sainte-Adresse.

La urraca

Algunos de vosotros ya la conoceréis. Si fuistéis a la exposición del impresionismo que la Fundación Mapfre organizó en Madrid hace dos años, la veríais en la planta baja de la colección, frente al retrato del grupo impresionista firmado por Henri Fantin-Latour, en el que aparecen entre otros Manet, Renoir, Émile Zola y su padre putativo, Monet.

Claude Monet, 'La urraca', 1869

La colocaron junto a la pequeña sección dedicada a la guerra franco-prusiana (1870-71), en la que el ejército francés sufrió una humillante derrota, aunque ella no tiene nada que ver con este tema, apenas tenía dos años cuando aquello ocurrió. Ella está muy a gusto parada en esa especie de escalera hecha a base de ramas de árbol, a pesar del frío que debe hacer ahí arriba. Porque a su alrededor sólo hay blanco, mucho blanco. Blanco nieve. Se me presentó como La urraca.

La volví a ver en París hace dos semanas. Se había cambiado el nombre. Ahora era La pie. Como dos años antes, parecía contenta en medio de la soledad del paisaje; ella es el único ser vivo de la escena. No sufre la soledad angustiosa que pintó Edward Hopper, sino que es ese tipo de soledad que se necesita a veces para regocijarse en plenitud de un momento mágico, de la belleza de algo insuperable. Para recordarnos que la soledad “no es tan fiera como la pintan” (Zoe Valdés).

No se inmutaba por el trasiego de gente que pasaba en frente suya, que la miraba y decía “c’est incroyable”. Con el cuello girado ligeramente a la izquierda, ella disfruta de los matices de blanco que Monet ha creado, de las sombras de los árboles desnudos sobre la nieve, de la atmósfera particular que se crea en días como ese.

Si Monet me leyera, me echaría la bronca por buscarle las vueltas emocionales a un cuadro suyo. Él, que sólo quería experimentar con los efectos de la luz natural sobre la nieve, con ese espíritu científico que tenían los impresionistas. Courbet lo había probado con éxito años antes, y Sisley lo estaba mejorando en aquel momento.

El atrevimiento de Monet con la pincelada, la imprecisión de los trazos y el hecho de que no hubiese ninguna figura humana que la acompañase en el cuadro impidió a la urraca aparecer en 1870 en el Salón oficial de París, el evento que cada año determinaba el éxito o el fracaso medático y comercial de un artista. Creo que ella lo prefiere así. No soporta a todos esos burgueses estirados que se pasean por los bulevares con levita. Piensa de ellos que son una panda de snobs, que solo compran arte por aparentar.

En ese sentido es como su padre. Por aquel entonces, Monet ya había decidido que no quería entrar en ese círculo de mercadeo, especulación y superficialidad que acabaría por decirle cómo debía pintar. Saboreó un par de veces las mieles de la buena prensa gracias a unas marinas pintadas en los alrededores de Le Havre cuando era más joven, pero ya no más. Él seguiría fiel a los valores que siempre demostró en su pintura: trabajo al aire libre, la belleza del paisaje, los reflejos de la luz natural, su incidencia sobre los colores de la naturaleza.

Esa urraca es una extensión de Monet en el cuadro, como el escritor que crea en su novela un personaje hecho a su imagen y semejanza; es un autorretrato en medio de la nieve. Es curioso cómo uno de los animales más desagradables y molestos que existen puede despertar un sentimiento como este. Mérito de Monet.

 

Para ver mejor la obra, ir a la sala 2 sobre el plano y darle al icono de información junto al cuadro: http://www.exposicionesmapfrearte.com/impresionismo/visita_virtual/visita_virtual.html

Objetivo: Monet

“Se ama más lo que con más esfuerzo se ha conseguido”, dijo Aristóteles. La primera vez que tuve ese sentimiento fue cuando tenía 15 años, después de comprarme la Play Station 2 para la que llevaba ahorrando más de un año. La última fue este sábado, 22 de febrero de 2011, al bajar las escaleras de salida del Grand Palais de París después de un repaso por toda la carrera de Claude Monet, mi pintor fetiche.

Cartel de la exposición

Tenía pinta de ser la exposición del año. Una retrospectiva de Monet, autor de alrededor de 200 cuadros, en su ciudad natal. Mi padre me llamó la atención sobre ella a principios del verano cuando la vio anunciada en una revista de viajes. Por entonces yo ya sabía que iba a estar por allí cerca este año. “No me la puedo perder”, me dije.

Ya en Lille, los meses pasaron entre trámites burocráticos y esfuerzos por crearme una nueva vida fuera de mi país. Al ver que la exposición caducaba el 16 de enero, me propuse pasar un fin de semana en París visitando esa y otras exposiciones y museos. Tres chicas se me unieron. En la mañana del 8 de enero salvamos los 200 kilómetros que separan Lille de la capital en apenas una hora, y a eso de las once íbamos de camino al Grand Palais. Hacíamos apuestas de las horas de cola que nos tocaría esperar, pues las entradas por internet estaban agotadas desde hacía meses: dos horas y media, tres, cuatro… “Cinco horas de espera”, nos abofeteó el maldito cartel disuasivo que nos dio la bienvenida.

Yo estaba dispuesto a hacerlas, al fin y al cabo había pagado los 15 euros del tren para estar allí, pero el pensamiento colectivo concluyó que no podíamos perder todo el día en esa fila. Accedí a comenzar el recorrido turístico de rigor, con el compromiso de que intentaríamos ir a la mañana siguiente más temprano. Pero con el paso de las horas, mis acompañantes se cayeron de la lista por decisión propia. La perspectiva de ver yo solo la exposición después de haber ido hasta allí con unas personas con las que podría compartir mi pasión por la pintura de Monet me hizo renunciar a ver la exposición.

De vuelta a casa, no podía estar más arrepentido de mi decisión. Tenía la sensación de la oportunidad perdida, de haber dejado escapar un momento de felicidad. Lo arreglé comprando para mi solo un billete de ida y vuelta en el día a París para el sábado 22 de enero (la exposición la habían prorrogado hasta el 24).

Salí a las 7.00 de la mañana de la estación de Lille-Flandres y a las 8.30 ya estaba en la cola del Grand Palais (esta vez sin cartel disuasivo). El museo no había cerrado en toda la semana, abierto día y noche ante la demanda de público. A las 10.00 ya tenía la entrada: 8 euros por ser europeo menor de 25, la tarifa normal, 11 euros.

Cuando ya me habían comprobado el ticket y me encontraba ante el primer cuadro, un nuevo elemento amenazaba con estropearme la visita: había perdido la ficha del guardarropa, donde había dejado el abrigo. ¿Y si alguien la encuentra por el suelo y se queda con mi abrigo? No es fácil que en Francia pase algo así, pero no me quedaba tranquilo. “Peux-je sortir et rentrer dans un petit minute? C’est pour aller au vestiare”, “Allez-y”, me permitió un guarda de seguridad. Menos mal que había echado un vistazo al número que me habían dado, el 205 y recuperé el abrigo no sin antes rellenar una declaración oficial de que había perdido la ficha.

Ahora sí. Ahora sólo tenía que hacer la cola que había formada ante cada cuadro para poder verlo como se merece. Los bosques de Fontainebleau, las primeras marinas en Normandía, las regatas en Argenteuil, los deshielos de Vétheuil… por orden cronológico fue pasando la primera mitad de la carrera de Monet. Al llegar al tema de la pintura figurativa, la que hizo a mediados de la década de 1860 para entrar en el Salón oficial, mi retina (y mi espalda) ya registraba casi un centenar de cuadros. Pero al bajar las escaleras, un poco de aire fresco: ‘El puente de Giverny, armonía verde’ (1899), el cuadro que inspira y da nombre a este blog. Tardé tres horas en ver los más de 170 cuadros que componen la exposición, la mayoría traidos del Museo d’Orsay y de colecciones estadounidenses. Sólo eché de menos Impresión, sol naciente, la obra que inspiró el nombre del grupo, y un maravilloso atardecer en una granja en Normandía que descubrí en una exposición sobre el Impresionismo que organizó la Fundación Mapfre en Madrid hace dos años.

Esta exposición (Monet, en realidad) podría dar para un blog entero, hay cuadros que merecerían un artículo para ellos solos. Poco a poco iré contando lo que aprendí en la mañana del sábado 22 de enero de 2011.

 

Bailes de cera

Orgullo, templanza, seguridad, elegancia. La bailarina mira hacia arriba con los ojos entreabiertos, como si disfrutase de una merecida ovación y a la vez no quisiera perder detalle de las sonrisas de felicidad del público al que ha ofrecido una actuación brillante. Sitúa la pierna derecha por delante de la izquierda y une sus manos por detrás de la espalda, saludando al respetable. Va vestida con una falda de seda, un corpiño abotonado, un lazo en el pelo, unas mallas en las piernas y unos zapatitos de ballet. En las rodillas se ven las arrugas de la tela por tener la pierna perfectamente estirada. Sólo le falta respirar para ser real.

Edgar Degas, ‘La pequeña bailarina de 14 años’, 1881

En La Piscine de Roubaix, toda la exposición dedicada a la faceta de Degas como escultor gira en torno a esta obra, como los visitantes que se agolpan en torno a ella mientras escuchan sus audioguías. El famoso pintor impresionista modeló más de un centenar de obras en cera, de las cuales sólo La pequeña bailarina de 14 años vio la luz en vida de su autor. Escarmentó después de que la estatua fuese criticada tras la sexta exposición impresionista, en 1881, con comentarios como “¿Han visto realmente un modelo tan horrible, tan repulsivo?” o “el hocico vicioso de esta chiquilla en plena pubertad”. En la época, la reputación de las bailarinas se asociaba a la de las prostitutas.

Las bailarinas son la imagen de marca de Degas, a las que representó en múltiples actitudes, tanto en cera como sobre lienzo: en clase, estirando, saludando, en el vestuario… En la sala principal, once cubos de cristal albergan los pequeños estudios del movimiento de las bailarinas. De los títulos se deduce que el artista acabó por entender bastante del arte del ballet: Posición cuarta de frente sobre la pierna izquierda, Gran arabesco, primer tiempo, etc.

Edgar Degas, ‘Posición cuarta con pierna derecha hacia adelante’

La muestra se estructura de forma temática, empezando por los caballos, la otra gran figura predilecta de Degas, que encontraba en ellos una respuesta a su interés por el movimiento y a su inquietud naturalista. La serie de esculturas hípicas permite apreciar la forma de esculpir de Degas, apoyado por la presencia de algunas herramientas utilizadas por el artista: construía un esqueleto metálico que él mismo fabricaba, cogía el molde de cera, le daba forma, lo destruía, volvía a hacerlo… el material permite esa libertad. En el caballo Pura sangre al paso, el cuello no es más que ese esqueleto. A su muerte, los herederos decidieron darle una capa de bronce a las estatuas para que soportaran el paso del tiempo.

En un par de pasillos cortos se muestra la parte más sensible de Degas. Al artista le fascina la belleza femenina, disfruta con cada movimiento, con cada gesto. Suele representar a las mujeres de espaldas, saliendo del baño, recogiéndose el pelo. Ese respeto y delicadeza hacia la figura femenina transmite una gran ternura; da la impresión de que Degas es de verdad sincero en su cariño hacia las mujeres.

Edgar Degas, ‘Mujer peinándose’, 1887-1890

La explicación sobre la faceta escultórica de Degas se completa con las instalaciones de Christian Astuguevieille ‘La main à l’oeil’, que acercan mucho más la escultura al espectador, que en este caso no puede mirarla, sólo tocarla. La posibilidad de comprobar la textura y entender mejor la forma de esculpir del artista resulta un complemento perfecto para culminar la exposición.

Degas llega a la escultura de forma conformista, cuando sus problemas de vista ya no le permiten atender a los detalles que precisa una pintura. Su mente esencialmente pictórica le hace ver los modelados como una suma de siluetas más que como un conjunto de volúmenes. Degas acabó por definir de manera brillante esta etapa de su vida, homenajeando al grupo de artistas que le acompañó en sus comienzos y que le dio parte de su fama: “Ahora tengo la necesidad de traducir las impresiones en forma de escultura”.

Lugar: Museo de Arte e Industria André Diligent, La Piscine (23, Rue de l’Espérance, Roubaix, Lille, Francia).

Duración: Del 8 de octubre de 2010 al 16 de enero de 2011.

Horario: De martes a jueves de 11.00 a 18.00 horas. Viernes de 11.00 a 20.00 horas. Sábado y domingo de 13.00 a 18.00 horas. Lunes cerrado.

Tarifas: Entrada general 8 euros, reducida 4,50 euros (amigos de otros museos de Francia, personal municipal de Roubaix, grupos a partir de 10 personas…), gratuita para menores de edad, periodistas, estudiantes de Historia del Arte…).

Metro: Gare Jean Lebas (línea 2).