La terraza

Desde que vi Mary Poppins tengo un sueño: meterme en un cuadro. Seguramente sea compartido por muchos. Quién no sintió envidia de los niños que se metían de un salto en un paisaje de dibujos animados en el que los pingüinos hacían de camareros locos.

La última vez que sentí esto fue durante la exposición de Monet en el Grand Palais. Afuera llovía, por supuesto. Cielo gris, plomizo, las nubes se movían a gran velocidad, como si quisieran ordenarse para que la tromba de agua cayese de forma uniforme sobre todo París. Al poco de comenzar la visita, al final de una de las colas que se formaron para ver cada sección, un cuadro me dejó ojiplático: Terraza en Sainte-Adresse.

Claude Monet, 'Terraza en Sainte-Adresse', 1867

El sol radiante invita a pensar en un día de verano; verano de 1867, concretamente. Los colores brillan como pocas veces lo he visto sobre un lienzo, gracias a la potencia de los rayos. Hay mucho verde, pero nunca es el mismo: el de las hojas es más pálido que el de la hierba. Las rosas piden protagonismo, como siempre, los geranios amarillos traen el contraste, y las flores blancas y azules aportan bellos matices cromáticos al jardín. Alrededor del mediodía, cuatro personas, quizá dos matrimonios burgueses de París, salen a una terraza a tomar el aperitivo. Hoy beberían vermú, o un mosto; en 1867 no sé lo que beberían. Uno de ellos se sienta en primer plano a tomar el sol, la mujer protegida por una sombrilla de esas que ya sólo usan en China. La otra pareja se adelanta para asomarse al balcón, a charlar frente a los barcos que merodean las aguas del puerto de Le Havre, en la costa de Normandía. ¡Han quedado dos sillas vacías! Seguramente sean para ellos, pero me dan ganas de entrar en la terraza, sentarme, cerrar los ojos y mirar al cielo.

Tiene mérito haber pensado todo esto entre empujones, pisotones y pardons. Sólo un par de señoras mayores me vieron parado entre la marabunta, entendieron lo que sentía y una de ellas me dijo con sinceridad: “C’est vraiment incroyable”.

Como no podía meterme en la terraza de un salto, como hacía Dick van Dyke en Mary Poppins, me encapriché del lugar y en ese mismo instante me dije: “Quiero ir a Sainte-Adresse”. Para matar la frustración de no poder entrar en un cuadro, no es mala solución el ir a los sitios donde están ambientados, al menos es más terrenal. En este caso, el viaje por Normandía y Bretaña previsto para el mes siguiente facilitó bastante las cosas.

Desconozco si hay mucha gente que para en Sainte-Adresse cuando viene a esta zona. No sé a cuánta gente le hara ilusión conocer el pueblecito costero donde se crió Claude Monet -vital y artísticamente-, fotografiar la casa donde pasó los veranos con sus tíos y con su padre -la típica casa unifamiliar del siglo XIX con enredaderas- y retratarse junto con el cartel de la calle que lleva su nombre -que por cierto no está en Saint-Adresse sino en Le Havre. De hecho, existe una especie de recorrido impresionista por toda la costa normanda. Étretat, donde Monet pinto los famosos acantilados, es parada obligada.

Andando por el paseo marítimo, encuentro el panel en el que se explica a grandes rasgos el cuadro de La terraza. Miro hacia arriba, hacia los edificios que están en primera línea, con la esperanza de encontrar algún elemento que identifique esa terraza, pero no lo consigo. Es de suponer que estará por allí cerca, pero no hay nada que lo señale. A pesar del encanto del lugar, del buen tiempo y de la vista preciosa de la playa de Le Havre -a apenas unos metros de allí-, ya poco o nada me recuerda al cuadro. Prefiero quedarme con la imagen en mi cabeza de los colores que florecen en el soleado jardín.

Mientras termino de escribir estas líneas, miro con nostalgia la pequeña lámina que hay colgada en mi casa de Lille. Creo que todavía confío en que algún día aparezca Dick van Dyke y me invite a tomar el aperitivo en la terraza de Sainte-Adresse.

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La dama de rojo

Preludio: La iglesia que fue catedral durante cinco minutos

Su cuerpo de arenisca roja nos engañó. A través de una estrecha callejuela desde la Rue des Grandes Arcades creímos haber visto la catedral de Estrasburgo, vestida de ese color rojo tan particular de la arquitectura religiosa alsaciana. Al otro lado del pasadizo nos encontramos con un edificio de escasas dimensiones para ser una catedral, con una fachada austera y ningún comercio ni restaurante a su alrededor. Miramos el cartel de la plaza: Place du Temple Neuf. No, esta no es la catedral.

Templo Nuevo

Desarrollo: Función exterior de edificios

Regresados a la calle principal, en la Plaza Gutemberg había un mercadillo de libros y comics, presidido por la estatua del señor que inventó la imprenta en esta ciudad en 1450. Una amiga le fue a hacer una foto a los puestos y uno de los vendedores le dijo sonriendo: “Las fotos a la catedral”, e hizo un gesto con la mano izquierda como si ésta estuviese cerca, muy cerca.

Vista de la catedral desde la rue Mercière

No serían ni veinte pasos más alante, ya desde la Rue du Vieux Marché aux Poissons, cuando nos encontramos con la fachada principal de la catedral de Notre-Dame de Estrasburgo, vestida de rojo, esbelta con líneas interminables y una torre a la izquierda. Desde esa posición parecía sostenida sobre una sola nave, pues la rue Mercière no dejaba ver las portadas laterales.

Esquivada la riada de turistas, nos encontramos con una plaza en la que cabía la catedral y poco más, apenas unas tiendas de souvenirs con muchas cigüeñas -el símbolo de Alsacia- y algún restaurante de chucrut frente a ella. Daba agobio pensar que en ese espacio tiene lugar cada año el mercado de Navidad más importante de Francia.

En el interior, la catedral parece aún más grande que por fuera. Es una estancia muy espaciosa marcada por la ausencia de capillas laterales (sólo tiene dos en la nave derecha). Un cartel en francés, inglés y alemán obliga a hacer la visita como ellos quieren; la parte izquierda está reservada para las confesiones y la derecha para la salida. Avanzamos pues por la nave central, salteada de paneles explicativos. Como siempre, me fijo en las vidrieras, bien coloreadas, bien conservadas y efectivas hasta cierto punto, pues la arenisca es muy oscura y se necesitan algunas lámparas de luz artificial para iluminar la catedral.

A un lado del transepto se encuentra el Pilar del Juicio Final o Pilar de los Ángeles, una columna bien tallada que representa a muchos ángeles en la escena del Juicio Final (no era difícil de adivinar). Estaba junto a un reloj astronómico, que si bien no desentonaba estéticamente, no aportaba nada allí dentro. Algo parecido al reloj astronómico de Praga, que tampoco aporta nada en la calle.

Me quedo en el otro extremo del transepto sobrecogido con un conjunto escultórico que representa a Jesús en el Monte de los Olivos. Un trabajo escultórico impresionante que incluye decenas de personajes y Cristo crucificado dominando la escena. Como en otros puntos de interés de la catedral, hay que meter una moneda de 50 céntimos para que se ilumine.

Rodear por completo el edificio es un paseo que dura bastantes minutos. Merece la pena detenerse en los arbotantes y en las líneas talladas sobre el rojo de la arenisca. Se me ocurre que la función exterior de edificios de mi cámara de fotos fue ideado para esta catedral, para captar mejor sus detalles y sus ángulos. Mi objetivo se detiene especialmente en los gabletes de la fachada principal, coronados todos ellos por diez pequeños pináculos. Desde atrás se aprecia mejor la aguja de 142 metros que la hizo ser durante dos siglos (desde que se terminó a mediados del siglo XV hasta las construcciones del XVII), el edificio más alto de la Cristiandad.

Conclusión: Una ciudad bipolar.

“Estrasburgo es francesa de corazón desde 1944”, aseguró la voz que nos explicó el recorrido que hicimos en barco por los dos ríos que surcan la ciudad. Cualquiera que intente refutar dicha afirmación encontrará bastantes argumentos para hacerlo: la comida (salchicha, básicamente), la calidad de la cerveza, el aspecto físico de sus habitantes (rubios con ojos azules), la arquitectura, la cercacía con la frontera (10 kilómetros), el bilingüismo… cualquiera diría que es una ciudad alemana. No en vano, perteneció durante ocho siglos al Sacro Imperio Romano Germánico antes de caer en manos de Luis XIV tras la Guerra de los Treinta Años. Capituló frente al imperio alemán en la Guerra Franco-Prusiana (1870) y fue devuelto a Francia como compensación a los desastres ocasionados por Alemania durante la Segunda Guerra Mundial.

Si alguien duda de que Estrasburgo es históricamente más alemana que francesa, basta con darse una vuelta por la Petite France, uno de los barrios más turísticos de la ciudad. Este fue en su fundación el lugar en el que se instalaron los hospitales para curar a los enfermos de peste, y debe su nombre al país de donde pensaban los estrasburgueses que venían todas las enfermedades.

La Petite France