La perla de Lille

Los que la habían visto ya me lo advirtieron: “Es bastante fea”, decían todos con franqueza; “Es muy moderna, la fachada es como de cristal”, añadían algunos. ¿Acaso la modernidad es igual a la falta de belleza? Puede que si hablamos de arquitectura religiosa, la mayoría estén de acuerdo con la ecuación.

 

Cuando pensamos en una catedral, todos construimos en nuestra mente un arquetipo: Notre-Dame de París, Sevilla, Salamanca, Toledo, Amiens. Enormes edificios levantados en lugares principales de la ciudad; sus torres y cúpulas suelen ser la referencia para guiar a los viajeros. Nos resulta difícil aceptar una catedral que se salga de esta imagen.

 

Tenía que comprobar que las palabras disuasorias eran ciertas. Rue de la Monnaie para arriba, rue de la Monnaie para abajo, no encontraba la calle que daba a la catedral de Notre-Dame de la Treille. Finalmente encontré al final de un estrecho pasadizo una iglesia, que ni siquiera sobresalía por encima de los edificios de tres pisos que pueblan el Vieux Lille. Me di cuenta gracias al mapa de que estaba en la parte trasera de la catedral, así que tuve que rodearla entera para alcanzar la fachada principal.

 

A un lado un jardincito lleno de hojas otoñales, al otro un muro gris oscuro que se corta de repente por un saliente del edificio con los tejados rojos. “¿Pero qué han hecho aquí?”, me pregunté, “no han podido pintar peor esto”. El mismo gris oscuro me acompañó hasta la puerta principal. Primero divisé una barandilla metálica, después unos cristales opacos y por último unas barras que parecían andamios que ascendían hasta un rosetón con un dibujo abstracto que al parecer representa la ascención de Cristo. Y como colofón, tejado de pizarra, ¡en una catedral! La diferencia de color, de material y de época era tan brutal con respecto al resto del edificio que no pude más que reconocer: “vale, es fea”.

Fachada

Sobre lo que no me habían alertado era sobre el interior. Mejor, porque la sorpresa fue mayúscula. Encontré una iglesia más grande de lo que parece por fuera, en la que la penumbra permitía una vista preciosa de la capilla del Santísimo Sacramento al fondo, en el ábside. En veinte pasos recorrí la nave central, desnuda de capillas en los laterales, y me encontré en el altar, instalado en el mismo centro de la cruz latina. Las vidrieras de colores rojos y púrpuras hacían el paseo más agradable. El saliente de techo rojizo resultó ser por dentro una emocionante capilla dedicada a los sacerdotes de la diócesis de Lille muertos en la Primera Guerra Mundial.

 

En el coro se encuentra la estatua de Notre-Dame de la Treille, que fue escondida de las llamas durante la Revolución y cuyo culto fue recuperado a mediados del siglo XIX, cuando los lillois decidieron consagrar un templo a su patrona. La construcción comenzó en 1856 de la mano de Charles Leroy, quien escogió un estilo neogótico para dar forma a la iglesia. En 1904 fue nombrada basílica por deseo de Pio X, y en 1913 se convirtió en catedral al fundarse la diócesis de Lille. En 1953, los problemas económicos hicieron replantearse el proyecto. Fue necesario rebajar las ambiciones, reducir las dimensiones de las bóvedas y dejar la decoración de la fachada para más adelante. Fue en 1999 cuando se terminó la pared de mármol translúcido que hoy da a la catedral una fama de fea que no es del todo verdadera.

Vista interior desde el altar

 

Lugar: Catedral de Notre-Dame de la Treille

Dirección: Place Gilleson, Lille.

Horario: De lunes a sábado, de 10.00 a 12.30 horas y de 14.00 a 18.00 horas. Domingos, de 10.00 a 13.00 horas y de 15.00 a 18.00 horas.

Tarifas: Entrada libre.

Metro: Rihour (línea 1).

Jugando al Cluedo con El Greco

“¿Y quién es el asesino?” Preguntó Diego entre inocente y bromista. Jaime le siguió el juego: “Pues el tipo de gris de la derecha parece un verdugo”. “¡Es verdad! Reconocí yo. Entre acusaciones, suposiciones y teorías sin fundamento, los tres nos enfrascamos en una investigación criminal para descubrir al asesino del Conde de Orgaz.

El Greco, 'El entierro del Conde de Orgaz', 1586-88

El autor material parece bastante claro. Efectivamente, el señor con sayo gris y capucha a la derecha del cuadro parece un verdugo. Posa su mirada en el suelo en señal de duelo, ¿o es que le da vergüenza ver el resultado de sus actos? Sería demasiado desafiante que mirase directamente al cadáver, o incluso al espectador, como ha ocurrido muchas veces en la historia de la pintura. Él podría haber asesinado al Señor de Orgaz (Orgaz no fue condado hasta 1522 y el cuadro fue terminado en 1588), ejecutando un plan urdido en alguna de las cabezas que forman una hilera en el centro del cuadro. Seguro que El Greco dio alguna pista; el autor intelectual de semejante crimen, el asesinato de uno máximos benefactores de Toledo, no puede quedar impune.

Cualquier detalle valía para lanzar una acusación hacia alguna de las 30 personas que forman parte de la escena terrenal, pero lo cierto es que algunos sonaban hasta verosímiles para las mentes peliculeras del siglo XXI.

¿Por qué si no El Greco dejó que la punta del manto amarillo en el centro de la tabla se posara sobre una cabeza de la que sólo vemos la frente, el ojo izquierdo y la nariz? El señor se esconde en la segunda fila de los que asisten al simbólico momento en que San Esteban y San Agustín levantan el cadáver (el color de la piel no deja lugar a las dudas).

Pero hay alguien mucho más escondido. La tercera antorcha de la derecha ilumina la mitad de un rostro. El tipo no quiere dejarse ver, no quiere que le descubran, prefiere quedarse en segundo plano.

Bien es cierto que algunas veces el asesino es el que aparenta estar más dolido por el fallecimiento. Para este papel tenemos varios candidatos en el centro de la escena: uno que mira de reojo al cielo, dos que ponen cara de pena y encima de ellos un tipo canoso con los ojos cerrados. Más aún, en el extremo izquierdo del cuadro, donde se encienden las dos antorchas, un hombre clama al cielo buscando una respuesta.

Y no nos habíamos dado cuenta del más evidente de todos. En primera fila asistiendo al entierro hay un señor que levanta la mano derecha y ensaya una mirada de “esto no va conmigo”. ¡Se lava las manos! El tipo declara ante decenas de turistas en ese momento que él es inocente, como si supiera que Diego, Jaime y yo llevábamos allí una hora buscando al asesino del Conde de Orgaz.

En realidad, Gonzalo Ruiz de Toledo, el Señor de Orgaz, murió enfermo en 1327, y el señor con sayo gris es un fraile franciscano, que porta la vestimenta habitual de estar orden religiosa. Cuatro años después de esta anécdota, Jaime García triunfa como bloguero con En clave internacional y Miradas de Internacional, y Diego Ochoa de Alda G. da sus primeros y firmes pasos en este mundillo con Lagunas del periodismo.

Amiens, una catedral en penumbra

La guía que nos enseñó el centro de la ciudad no se cansaba de repetirlo: “Hoy no es el mejor día para ver Amiens”. La mujer lo decía porque no le apetecía andar por la calle durante casi dos horas bajo la persistente lluvia que afeó todo el día el norte de Francia. Un día gris típico de Amiens, un contratiempo con el que hay que convivir día tras día en esta parte del mundo en la que ‘El jardín de Giverny’ vuelve a tomar impulso.

La lluvia no impidió a la convención de paragüas que formaba parte del cortejo encaminar sus pasos hacia el lugar de referencia de esta ciudad, la catedral de Notre-Dame. Es fácil recordar a su hermana homónima de París con tan sólo ver su fachada principal, al fin y al cabo, ambas son obras cumbre del gótico francés: las dos torres, los rosetones del centro y de los dos extremos del transepto, los arbotantes de los laterales y el ábside… Sin embargo, la de Amiens tiene el honor de ser la catedral más grande de Francia: 7.700 metros cuadrados, 145 metros de longitud de una punta a otra, 70 metros de transepto y una aguja que alcanza los 112 metros de altura.

Fachada occidental

El edificio imponente que es hoy sufrió tres incendios en tres siglos seguidos (1019, 1137, 1213). Después del último, el obispo Evrard de Fouilloy decidió reconstruirlo para acoger una parte de las reliquias de San Juan Bautista y le dio el mando a Robert de Luzarches. Inspirado en las catedrales de Chartres y Reims, comenzó las obras por la fachada occidental. Cuatro columnas avanzan para servir de contrafuertes a las dos torres, cada una de distinta altura, la torre Sur de cinco pisos y la Norte de seis. El rosetón queda encuadrado entre la galería de los Reyes y la galería de los Campaneros, y toda la estructura es apuntada por las típicas agujas góticas, dispuestas con orden y coherencia.

Las tres portadas de la fachada están diseñadas en arquivolta, dando la sensación de que cada arco acompaña al visitante en su entrada a la catedral. La portada central, que sólo se abre para ocasiones especiales, representa a los Doce apóstoles conducidos por los cuatro grandes profestas (Isaías y Jeremías a la derecha, Daniel y Ezequiel a la izquierda) hacia la figura de Cristo, que divide la puerta en dos. La portada Sur homenajea a la Virgen María y al obispo Evrard de Fouilloy, mientras que la Norte hace lo propio con San Fermín, el primer hombre que trajo el Evangelio a Amiens, y sus discípulos.

Portada central

Una vez dentro, la sensación de estar ante algo magnífico disminuye. La penumbra inunda la estancia por la mala conservación de las vidrieras, caídas y oscurecidas por el paso del tiempo, sin restar al mal tiempo su parte de culpa. Las únicas vidrieras restauradas, las del fondo del ábside, pagan la escasa inteligencia de su autor, quien llenó unas cristaleras de 10 metros de alto de rojo magenta y de azul marino; la luz apenas logra traspasar colores tan fuertes.

 

Nave central

La escasa luz natural no permite disfrutar de la decoración barroca de las capillas y de los cuadros de bella factura que custodian, pero no enmascara el blanco artificial de los muros que cubren el altar y el ábside, producto de una mala restauración. El altar está presidido por un conjunto escultórico de unos 20 metros de alto muy descuidado, en el que el color piedra es homogéneo y apenas se distinguen las figuras. El coro, eso sí, es un gran trabajo sobre madera, pues refleja con delicados detalles las vidas de San Juan Bautista y San Fermín en su perímetro y más de 4.000 figuras en la sillería.

En el perímetro se encuentra la tumba de Monseñor Guislain Lucas, benefactor de los niños desfavorecidos. Toda catedral tiene su parte de leyenda, y la de Amiens está presidida por la pequeña escultura de un angelito llorando que hay encima de esta tumba. Los herederos de Monseñor Lucas encargaron la realización de la sepultura al escultor Nicolas Blasset, pero quedaron tan disgutados con el resultado final que hicieron esculpir este ángel llorón encima de la tumba. A simple vista, la obra no está tan mal.

El lado fetichista lo pone Saint Christophe, un gigante esculpido en el lado Sur de la catedral que porta sobre los hombros al Niño Jesús. Para los amiensois es como su patrón.

Al final de la jornada, Amiens y su catedral nos dieron menos de lo que se podía adivinar bajo la lluvia, como si nos emplazaran a volver otro día. Habrá que darle una segunda oportunidad.