Lille

“El corazón siempre recuerda aquellos lugares en los que hemos sido felices”. Homer Simpson.

LLCB. Lluvia. Lágrimas. Cabeza baja.

Rue Nationale. Inmobiliarias. “Desolé”. Apartamentos, escaleras de caracol, muebles sí, muebles no. Desesperación. Más lágrimas. Albergue, 10 días. Rue Arago, sucio, tranquilo, obras, CAF, BNP, alquilado.

Boulevard Victor Hugo. École Arago. Lidl, los cereales de los pingüinos, el salmón congelado, los nachos. Este, Parc Jean Lebas. Atardecer, La forja, el berrinche de un niño jugando al fútbol. Un ser humano. Oeste, Porte de Postes. Tráfico, drogas, zona chunga, la tienda de burkas en la rue de Postes.

Rue d’Artois. Clase de piano insonorizada. Boulangerie, olor a croissants recién hechos. Lavandería. La CAF, gracias. Église de Saint Michel, gótico brabante, de Bélgica, siempre cerrada. Solferino, cervezas, fiestas, luces, partidos de fútbol. Hala Madrid. Allez le LOSC. El CRIJ, Centre de Renseignement et Information pour la Jeunesse, gracias.

République. Plaza de los Derechos del Hombre, en fait. Palais de Beaux-Arts. La préfecture. La fuente. Tomando el sol en marzo, una coca-cola, una buena conversación, gente de todos los colores, helados de todos los sabores, cervezas de todos los aromas. Lille se disfruta en momentos como este.

Rue de Béthune. El Subway. El McDo, lugar para relajarse. La salsa samurai, garganta quemada, estómago resentido. Tiendas. Pain au chocolat. Saint-Maurice. Arquitectura perfecta. San Antonio. Evasión, pensar, llorar. Tendrá su homenaje. Lille se disfruta en lugares como este.

Rue Neuve, pasillo a la Grand’Place. Plaza del general De Gaulle, en fait. La Cámara de Comercio se levanta sobre la Vieille Bourse. La noria en Navidad, una ciudad de cartón piedra. Terrazas. La Déese sobre la fuente. Gente de todos los colores, bocadillos de todos los ingredientes. Lille se disfruta en lugares como este.

Le Furet. El McDo. “Un double latte, svp.” Un pain au chocolat metido destrangis. Segunda, cuarta, quinta planta. Vistas a la Grand’Place. Una buena conversación. Lille se disfruta en momentos como este.

Place du Theâtre. Opera. Cámara de Comercio, salones, gracias. Francia y la educación. Algo que aprender.

Vieux Lille. Esquermoise, Lepelletier, Basse, Barre. La tienda de macarons, los escaparates lujosos y los escaparates apetitosos, la catedral, la tienda friki. Adoquines, macetas, tejados a dos aguas, ventanucos, como mucho tres pisos. La carbonnade, el welsch, el potjevlesch, la flamiche au maroilles, la tarta de cerveza, camisones, saltos de cama, enanos que silban, ch’tis, el norte.

Vauban. Su jardín, su citadelle, estrella, cascada, verde, rosa, morado. La Deûle, cadáveres, patos, gente haciendo jogging. Patatas fritas, el norte. Un zoo deprimente, un parque de juegos aterrador, desierto en noviembre, abarrotado en abril, un escalofriante oso de peluche que pilota un tren.

La gare. Lugar de quedada, centro neurálgico, la voz de la mujer de megafonía anuncia el tren a Lens. “Il desservira Libercourt, Dourges, Hénin-Beaumont, Billy-Montigny, Coron de Méricourt, Pont de Sallaumines”. Les 3 Brasseurs. “Une ambrée 33, svp.” Lugar de reunión. Risas, una buena conversación, en español o en francés.

Marta, Pablo, Martha, Cris, Cris, Noe, Juan, Alex, Nathan, Joshua, Daniel, Craig, Nacho, Marina, Martín, Gabriel, Ernest, Micka, Clément, Irati, Aram, Julien, Amar, Diego, Andrés, Luismi, Jaime, Alex, Jaime, Paloma, Julián, Coral, María, Antonio, Elena. Lille se disfruta con gente como esta.

LLCA. Lluvia, lágrimas, cabeza alta.

Ancora imparo

Recuerdo con cierta nostalgia las clases de filosofía en el Bachillerato. Recuerdo de los primeros temas nombres como Demócrito, Heráclito, Anaxágoras, Tales de Mileto, más conocido en esta materia como “el del teorema”. Después llegaba Sócrates con su “sólo sé que no sé nada”. Aprendí mucho de esa frase, me sirvió incluso para estudiar filosofía, considerada por muchos el ogro del Bachillerato. El secreto está en tomárselo como si fuera una novela: olvidarse por completo del mundo en el que vives y echarle imaginación, entrar en otro universo en el que caben los motores inmóviles, las navajas que no cortan y los superhombres. La posterior reflexión personal hará que uno se dé cuenta de la razón que tenían Aristóteles y compañía.

En la universidad tuve profesores que utilizaron esta técnica pedagógica con mucho acierto y yo la interpreté a mi manera: dudar, dudar de todo, no dar nada por cierto hasta que no lo compruebas por tí mismo o fiarse sólo de quien se ha ganado el crédito para merecérselo, preguntar, saber, conocer, aprender.

Hace un par de semanas vi una exposición que me devolvió en parte aquellos años y que me hizo añorar esa forma de aprender. En una sala roja excesivamente iluminada el Museo de Bellas Artes de Lille instaló 58 cuadros sobre Retratos del pensamiento. Una exposición sobre filosofía, vaya. La vi una vez, por mi cuenta, y no logré entenderla, me pareció pobre de material y poco ambiciosa. Justo cuando me iba empezó una visita guiada, y le di una segunda oportunidad. Al menos logré entenderla, pero mi opinión no varió un ápice.

“¿Cómo retratar el pensamiento?” se preguntó retóricamente la guía. Los responsables de la muestra se respondieron al parecer de la forma más simple posible. Tomaron el sentido más literal de la palabra retrato -“pintura de una persona”, según la RAE- y decidieron poner retratos de gente que pensaba, es decir, de filósofos, básicamente. De esta manera, la exposición se convierte en una colección de cromos: aquí el de Platón con un libro, aquí el de Santo Tomás con una lanza, aquí el de Xavi pisando el balón, aquí el de Pitágoras con una regla y un compás, “sile, nole, sile, nole, sile”.

Diego Velázquez, 'Santo Tomás', 1619

Todos eran cuadros del siglo XVII, una época, bien es cierto, muy dada a la espiritualidad, la alegoría y el simbolismo. Y todos procedentes de tres escuelas distintas: Madrid, Utrecht y Nápoles. En base a esto, se trataba de descubrir los símbolos que permitían adivinar qué es lo que estaba pensando el retratado, para lo cual se necesita una buena base en historia de la filosofía y una concentración mientras se ve la exposición que no es habitual entre los visitantes de un museo. La muestra pretende al parecer llevar a la duda, al “sólo sé que no sé nada”, mediante la visión de hombres que piensan porque se supone que no saben qué creer. El lingüista, literato y filósofo Tzvetan Todorov dijo en una charla después de ver la exposición: “No muestra el pensamiento sino quien lo encarna”.

El cartel anuncia en primer lugar la presencia de Velázquez en la exposición. Hay uno. Uno solo. Un cromo de Santo Tomás mirando al vacío y sujetando una lanza, el objeto de su martirio. Personalmente, me hace pensar más el retrato de Marte que este cuadro. La sala lleva luego a José de Ribera, al que lo encuadra en la escuela de Madrid, cuando en realidad ‘Il spagnoletto’ aprendió todo lo que sabía en Italia. En la escuela holandesa aparecen unos nombres desconocidos para el gran público -especialmente el misterioso Maestro de la Anunciación a los Pastores– quienes se salvan técnicamente gracias a su pulcritud y sus fundamentos. Destaca en el muro de Utrecht la serie de retratos de Heráclito, el pesimismo, y Demócrito, que rie por no llorar, un diálogo entre opuestos.

Johannes Moreelse, 'Heráclito' y 'Demócrito, el filósofo risueño', ca. 1630

Cierra la exposición Luca Giordano con una serie de retratos monstruosos. Monstruosos tanto por lo feos que son los personajes como por lo mal que están hechos. Son rostros inexpresivos, mal compuestos, desproporcionados de pies y manos, sin cuello… Basta con ver un par de ejemplos: Filósofo cínico y El filósofo Crates. Hace tres años vi una exposición suya en el Casón del Buen Retiro y ya me di cuenta de que era, simple y llanamente, un mal pintor. Hay una palabra francesa que lo define bien: maladroit, un incapaz, simplemente no se le da bien. No entiendo cómo tiene el nombre que tiene en la historia del arte.

Luca Giordano no tiene nada que enseñarme y esta exposición tampoco. Sólo me voy a quedar con el mensaje de un papel en blanco pintado en la esquina de un cuadro anónimo titulado El taller del pintor. El papel decía “Ancora imparo”, todavía aprendo.

Título: Retratos del pensamiento.

Lugar: Palais de Beaux Arts (Place de la République, Lille, Francia)

Horarios: Lunes de 14 a 18 horas, el resto de días salvo el martes (cerrado) de 10 a 18 horas.

Tarifas: Entrada completa 7 euros, reducida 5 euros para menores de 25 y gratuita para demandantes de empleo (entre otros).

Metro: République Beaux-Arts (línea 1).

Paul Signac: de puerto en puerto

Mapa aproximado del recorrido de Paul Signac.

Paul avanza a bordo de su barco Olympia silueteando los golfos y cabos que dibujan la costa francesa. Se para en la entrada del puerto de Concarneau. Calibra la intensidad de la luz, analiza los efectos que crea sobre el agua y sobre los edificios cercanos, escoge una perspectiva, saca las pinturas, el papel y esboza en menos de una hora una acuarela que quizá luego pase a lienzo en el taller, que es un lugar más estable para instalar el caballete. Si en ese momento pasa una barca de pescadores, la pinta; si está lloviendo a cántaros, lo pinta; si son las cinco de la tarde, también lo pinta.

Este fue poco más o menos el día a día de Paul Signac entre marzo de 1929 y abril de 1931, contando con algunas interrupciones indeseadas. Fue un proyecto personal financiado por su amigo el empresario Gaston Lévy. Se trataba de recorrer toda la costa francesa pintando puertos sobre acuarela, desde Marsella hasta Calais, pasando por Nantes, Lorient y Le Havre. En total cien puertos, cuarenta de la Mancha, otros cuarenta del Atlántico y veinte del Mediterráneo. En cada uno pintaría dos acuarelas, una para su benefactor y otra para sí mismo. A este viaje está consagrada la exposición de Paul Signac en La Piscine de Roubaix.

Paul Signac, 'Calais', 1930

En sólo tres salas, de las cuales sólo la última está dedicada específicamente a la serie de Los Puertos de Francia, se entiende muy bien la carrera de Signac. Una introducción en la que se incluyen algunos de sus clásicos lienzos puntillistas, el estilo que le dio la fama, que permite conocer los centros de interés, la forma de trabajar y los objetivos del artista. En la segunda parte, con cuadros de Claudio de Lorena, Corot y Eugène Boudin entre otros, se descubre que de ellos tomó la buena elección de la perspectiva. Un enorme lienzo de Vernet con una preciosa vista del puerto de La Rochelle (ver la Obra de la semana) anima aún más a disfrutar del proyecto más ambicioso del artista.

Signac, un pintor ya maduro de 65 años, fue capaz de introducir una señas de identidad en sus acuarelas. Se benefició de la flexibilidad de pintar con lápiz para dar un tratamiento muy ligero al paisaje; cuatro líneas negras que caen del cielo son suficientes para pintar la lluvia, una línea amarilla serpenteante vale para reflejar el movimiento de las olas. La promesa de hacer dos versiones de cada puerto permite una diversidad muy enriquecedora: el puerto de Saint-Nazaire no es el mismo a las nueve de la mañana que a las seis de la tarde, ni siquiera hay las mismas grúas. El propio artista cambia de posición para representar una cara diferente del lugar, quizás esta vez con más agua, o que se vea la entrada al puerto, o el humo de las fábricas de Dunkerque.

Paul Signac, 'Toulon', 1931

Criado artísticamente en Asnières, un pueblecito bañado por el Sena, Paul creó pronto un fuerte interés por la navegación, las regatas y los barcos amarrados en los puertos. Sus primeras acuarelas en blanco y negro así lo atestiguaban. Estudió a Claudio de Lorena, Corot, Turner; conoció a Monet, Boudin, Jongkind y a Georges Seurat, el que más influyó en él. El precursor del neo-impresionismo fue el que le educó en la teoría puntillista, una casi-ciencia que consiste en descomponer la vista humana en pequeños puntos, de forma que el ojo no sea engañado por la composición del artista. Seurat, autor de pinturas bastante planas, fue superado por su pupilo, que a pesar de la complicación de pintar una imagen como si fuera un mosaico, fue capaz de introducir matices de colores dentro del mismo objeto, e incluso de mantener su pincel impresionista reflejando el momento lumínico de la naturaleza.

A la belleza estética añadan el atractivo que siempre tiene el ver reflejados sobre un cuadro los lugares que has visto recientemente con tus propios ojos, y comprobar así que en el puerto industrial de Lorient hay tantas grúas como te imaginas, o que el puerto de Le Havre no ha cambiado mucho en sesenta años. Además de servir como escaparate turístico para próximos viajes. Siguiente destino (deseado): La Rochelle.

Título: Signac. Les Ports de France.

Lugar: La Piscine (Museo de Arte e Industria André Diligent, Roubaix, Francia)

Horarios: Martes a jueves de 11.00 a 18.00 horas, viernes de 11.00 a 20.00 horas, sábados y domingos de 13.00 a 18.00 horas. Lunes cerrado.

Tarifas: Entrada general 7 euros, reducida 4,50 euros y gratuita para estudiantes los viernes por la tarde y demandantes de empleo.

Metro: Gare Jean Lebas (línea 2).

Londres y el origen del arte

Las dos veces que he ido al Museo Británico he tenido la misma sensación de ilegitimidad, de decir “esto no debería estar aquí”. Robos, saqueos y apropiaciones indebidas peinan la historia de Gran Bretaña. La decoración del Partenón no pertenece a los ingleses y no tiene nada que ver con ellos. Es cierto que la tumba de Tutankhamon fue descubierta por Howard Carter, pero es parte intrínseca de la cultura funeraria del Antiguo Egipto. Hay muchos más, estos son los dos ejemplos más nombrados.

Y a la vez que digo esto me cruza la mente un contraargumento: si el friso del Partenón, en lugar de estar en el Museo Británico de Londres estuviera en el Museo de la Acrópolis de Atenas, semejante joya histórico-artística estaría a la intemperie de la indiferencia de los griegos actuales y mucho menos accesible a la mayor parte del mundo. Es evidente que Londres recibe muchos más millones de turistas al año que Atenas, y además los museos londinenses juegan con la ventaja de ser gratuitos por decreto. A mi parecer, ambos argumentos son plausibles y entre ellos me debato.

En mi última visita a la capital de Reino Unido, tuve la oportunidad de conocer la National Gallery, una de las pinacotecas más famosas del mundo. Sin ser tan sonados como los del Británico, el origen de gran parte de las obras que alberga el museo hace también a muchos torcer el gesto. La National fue construida en 1838, no mucho más tarde que el Prado (1819) y el Louvre (1793), pero a diferencia de estos, la colección inglesa no proviene de ningún tipo de herencia histórica, es un museo hecho a golpe de talonario.

Fachada de la National Gallery en Trafalgar Square

El museo no tiene un director como cabeza de la organización, sino que es gobernado por una especia de comité de sabios formado por 13 personalidades del arte y los negocios, 12 de ellos elegidos por el primer ministro en concurso público. Desde su fundación siguió una política muy estricta: comprar sólo cuadros, y no cualquier cuadro, sólo de grandes firmas. Con fuertes subvenciones estatales y grandes apoyos privados se pueden permitir tales ambiciones. Y puesto que la tradición pictórica inglesa no da ni para llenar mi casa, se dispusieron a llenar sus paredes de Velázquez, Rembrandt, Tiziano, Rafael, Monet, Van Gogh

Entre 2009 y el primer trimestre de 2010, el museo ingresó 35 millones de libras (39,6 millones euros) de los cuales 30,5 millones de euros corresponden a subvenciones estatales y 2 a patrocinios y donaciones. Gastó 13 millones de libras (14,7 en euros) en publicitar la colección y 10,6 (12) en el cuidado de las obras.

Y hasta aquí mi papel de periodista-analista de la realidad. Metido en la piel del turista medio, la visita a la National Gallery es muy agradable. Es gratis (y en esto hay que aplaudir la política cultural de Londres) y su tamaño no sobrepasará a nadie; se puede ver entero y bien en dos horas o dos horas y media. La colección está dividida históricamente por colores, de forma que no es fácil perderse o caer en confusiones artísticas.

Especialmente interesante fue la propuesta que encontré en una de las salas dedicadas a la pintura holandesa del siglo XVII. La generación de Rembrandt desarrolló un dominio excelso sobre la perspectiva, sobre la colocación de las figuras dentro de un entorno y sobre cómo dar vida a ese entorno. Rembrandt lo hizo especialmente en los paisajes gracias a la técnica del claroscuro, creando una escenografía completa que daba gran realismo a la acción. En los pequeños cuadros de Vermeer quizás es más evidente. Una persona se encuentra dentro de una habitación, por la ventana siempre entra una luz que ilumina todo el espacio. Gracias a esta luz y a la posición del personaje es posible adivinar la disposición de la estancia y donde está situado el pintor. Ese es el objetivo de la perspectiva, hacer visible lo que no se ve.

Junto a la Dama en el virginal de Vermeer había un cubículo con una linterna que permitía ver en tres dimensiones cómo era una casa en la Holanda del siglo XVIII y entender la perspectiva de los pintores. Este tipo de herramientas didácticas sería bueno verlas más a menudo en los museos.

Johannes Vermeer, 'Dama en el virginal', 1673-75

Acabo el artículo y no logro llegar a ninguna conclusión. ¿Son legítimas las colecciones del British y de la National? ¿Es posible mantener hoy en día una visión romántica y tradicional del mercado del arte?

La terraza: detrás del lienzo

“Sufro sólo de pensar que su madre no tiene qué comer”. Esta confesión hecha por Claude Monet a su amigo Frédéric Bazille en el verano de 1867 sirve bien para ilustrar el origen de La terraza en Sainte-Adresse. En realidad la frase fue escrita después de acabar la obra, de lo cual se deduce que el cuadro no resultó del todo rentable.

 

En el verano de 1867, Claude y Camille esperaban su primer hijo, que nacería el 8 de agosto. Monet llevaba fuera del ambiente familiar ocho años, desde que se mudó a París para formarse como pintor. Su padre, Adolphe, era un hombre muy estricto al que siempre le había irritado la rebeldía de su hijo desde pequeño, de hecho, cuando Claude cumplió la mayoría de edad, le pidió a su hermana, la tía del artista, que se hiciera cargo del chico porque con él se mostraba “insumiso”. Para acabar de contentar a su padre, cuando Claude llegó a París rehusó inscribirse en la escuela de Bellas Artes y prefirió instalarse en un apartamento en la rue Pigalle, en el bohemio barrio de Montmartre.

 

Durante sus estancias intermitentes en casa de Adolphe, las peleas eran frecuentes, y después de una discusión especialmente agitada, el padre le retiró la ayuda financiera de la que había gozado hasta entonces. A principios de 1867, Claude le comunicó a su familia el embarazo de Camille, lo cual agravó aún más la situación. Adolphe le pidió que la abandonara, pero Claude se negó. Su tía también le quitó la pensión. La exigencia dejaba a Adolphe como un hipócrita, pues él había mantenido una relación y había dejado embarazada a una sirvienta de la casa.

 

La pareja decidió entonces fingir una repentina ruptura ante su padre y Claude negoció una tregua con su familia para pasar el verano de 1867 en Sainte-Adresse, la ciudad-balneario donde había veraneado durante toda su infancia con sus tíos y sus padres, para recuperar el cariño y el favor económico de su familia. El pintor vivió aquel verano deprimido y preocupado por su novia y su hijo mientras en su casa sólo se ocupaban de él para darle unos cubiertos y algo de comer.

 

Sería por esto que La terraza en Sainte-Adresse constituye un pequeño homenaje a su familia normanda. Su padre es el señor de barba canosa que está sentado en primer plano, su tía es la señora que está instalada en la silla de al lado y una prima lejana se asoma al balcón acompañada de un personaje no identificado.

Claude Monet, 'La terraza en Sainte-Adresse', 1867

 

La astucia no salió bien, y el cariño recuperado duró hasta que Claude volvió a París, a la vida dispersa. Salió adelante gracias a un fan, el señor Gaudibert, que vivia en Honfleur, también en Normandía. Gracias a este señor, la familia Monet, ya con un miembro más, pudo alquilar una casa para ellos solos en las afueras de París. El artista abandonó a su esposa un año después.

 

También por motivos económicos fue que la familia Monet dejó París y se mudó a Le Havre cuando Claude tenía 5 años. El padre era comerciante de productos coloniales, pero en París el negocio se estaba estancando, así que se fueron a vivir con los tíos de Claude a Normandía, donde su tío trabajaba de lo mismo, pero con más éxito. Toda la familia pasaba los inviernos en Le Havre y los veranos en Sainte-Adresse.

 

Artísticamente, el cuadro se enmarca dentro de los intentos de Monet por ser expuesto en el Salón oficial de París. Lo había conseguido con un par de marinas en 1864. El artista se había plegado en cierto modo a las exigencia del Salón: el pincel circula con menos fluidez de la que nos tiene acostumbrados, los colores son mucho más puros y más vivos, incluye alguna representación humana en la escena. Todo esto se puede apreciar en La terraza en Sainte-Adresse. La perspectiva alta, haciendo de mirador hacia el mar, recuerda a las estampas japonesas por las que todo el impresionismo sentía pasión y de las que Monet era gran coleccionista.

 

Esta es la triste historia de un cuadro pletórico, en el que el artista fue capaz de superar su delicada situación personal y refugiarse en lo que siempre le dio la vida: el sol, el agua y la luz.

 

La terraza

Desde que vi Mary Poppins tengo un sueño: meterme en un cuadro. Seguramente sea compartido por muchos. Quién no sintió envidia de los niños que se metían de un salto en un paisaje de dibujos animados en el que los pingüinos hacían de camareros locos.

La última vez que sentí esto fue durante la exposición de Monet en el Grand Palais. Afuera llovía, por supuesto. Cielo gris, plomizo, las nubes se movían a gran velocidad, como si quisieran ordenarse para que la tromba de agua cayese de forma uniforme sobre todo París. Al poco de comenzar la visita, al final de una de las colas que se formaron para ver cada sección, un cuadro me dejó ojiplático: Terraza en Sainte-Adresse.

Claude Monet, 'Terraza en Sainte-Adresse', 1867

El sol radiante invita a pensar en un día de verano; verano de 1867, concretamente. Los colores brillan como pocas veces lo he visto sobre un lienzo, gracias a la potencia de los rayos. Hay mucho verde, pero nunca es el mismo: el de las hojas es más pálido que el de la hierba. Las rosas piden protagonismo, como siempre, los geranios amarillos traen el contraste, y las flores blancas y azules aportan bellos matices cromáticos al jardín. Alrededor del mediodía, cuatro personas, quizá dos matrimonios burgueses de París, salen a una terraza a tomar el aperitivo. Hoy beberían vermú, o un mosto; en 1867 no sé lo que beberían. Uno de ellos se sienta en primer plano a tomar el sol, la mujer protegida por una sombrilla de esas que ya sólo usan en China. La otra pareja se adelanta para asomarse al balcón, a charlar frente a los barcos que merodean las aguas del puerto de Le Havre, en la costa de Normandía. ¡Han quedado dos sillas vacías! Seguramente sean para ellos, pero me dan ganas de entrar en la terraza, sentarme, cerrar los ojos y mirar al cielo.

Tiene mérito haber pensado todo esto entre empujones, pisotones y pardons. Sólo un par de señoras mayores me vieron parado entre la marabunta, entendieron lo que sentía y una de ellas me dijo con sinceridad: “C’est vraiment incroyable”.

Como no podía meterme en la terraza de un salto, como hacía Dick van Dyke en Mary Poppins, me encapriché del lugar y en ese mismo instante me dije: “Quiero ir a Sainte-Adresse”. Para matar la frustración de no poder entrar en un cuadro, no es mala solución el ir a los sitios donde están ambientados, al menos es más terrenal. En este caso, el viaje por Normandía y Bretaña previsto para el mes siguiente facilitó bastante las cosas.

Desconozco si hay mucha gente que para en Sainte-Adresse cuando viene a esta zona. No sé a cuánta gente le hara ilusión conocer el pueblecito costero donde se crió Claude Monet -vital y artísticamente-, fotografiar la casa donde pasó los veranos con sus tíos y con su padre -la típica casa unifamiliar del siglo XIX con enredaderas- y retratarse junto con el cartel de la calle que lleva su nombre -que por cierto no está en Saint-Adresse sino en Le Havre. De hecho, existe una especie de recorrido impresionista por toda la costa normanda. Étretat, donde Monet pinto los famosos acantilados, es parada obligada.

Andando por el paseo marítimo, encuentro el panel en el que se explica a grandes rasgos el cuadro de La terraza. Miro hacia arriba, hacia los edificios que están en primera línea, con la esperanza de encontrar algún elemento que identifique esa terraza, pero no lo consigo. Es de suponer que estará por allí cerca, pero no hay nada que lo señale. A pesar del encanto del lugar, del buen tiempo y de la vista preciosa de la playa de Le Havre -a apenas unos metros de allí-, ya poco o nada me recuerda al cuadro. Prefiero quedarme con la imagen en mi cabeza de los colores que florecen en el soleado jardín.

Mientras termino de escribir estas líneas, miro con nostalgia la pequeña lámina que hay colgada en mi casa de Lille. Creo que todavía confío en que algún día aparezca Dick van Dyke y me invite a tomar el aperitivo en la terraza de Sainte-Adresse.

La dama de rojo

Preludio: La iglesia que fue catedral durante cinco minutos

Su cuerpo de arenisca roja nos engañó. A través de una estrecha callejuela desde la Rue des Grandes Arcades creímos haber visto la catedral de Estrasburgo, vestida de ese color rojo tan particular de la arquitectura religiosa alsaciana. Al otro lado del pasadizo nos encontramos con un edificio de escasas dimensiones para ser una catedral, con una fachada austera y ningún comercio ni restaurante a su alrededor. Miramos el cartel de la plaza: Place du Temple Neuf. No, esta no es la catedral.

Templo Nuevo

Desarrollo: Función exterior de edificios

Regresados a la calle principal, en la Plaza Gutemberg había un mercadillo de libros y comics, presidido por la estatua del señor que inventó la imprenta en esta ciudad en 1450. Una amiga le fue a hacer una foto a los puestos y uno de los vendedores le dijo sonriendo: “Las fotos a la catedral”, e hizo un gesto con la mano izquierda como si ésta estuviese cerca, muy cerca.

Vista de la catedral desde la rue Mercière

No serían ni veinte pasos más alante, ya desde la Rue du Vieux Marché aux Poissons, cuando nos encontramos con la fachada principal de la catedral de Notre-Dame de Estrasburgo, vestida de rojo, esbelta con líneas interminables y una torre a la izquierda. Desde esa posición parecía sostenida sobre una sola nave, pues la rue Mercière no dejaba ver las portadas laterales.

Esquivada la riada de turistas, nos encontramos con una plaza en la que cabía la catedral y poco más, apenas unas tiendas de souvenirs con muchas cigüeñas -el símbolo de Alsacia- y algún restaurante de chucrut frente a ella. Daba agobio pensar que en ese espacio tiene lugar cada año el mercado de Navidad más importante de Francia.

En el interior, la catedral parece aún más grande que por fuera. Es una estancia muy espaciosa marcada por la ausencia de capillas laterales (sólo tiene dos en la nave derecha). Un cartel en francés, inglés y alemán obliga a hacer la visita como ellos quieren; la parte izquierda está reservada para las confesiones y la derecha para la salida. Avanzamos pues por la nave central, salteada de paneles explicativos. Como siempre, me fijo en las vidrieras, bien coloreadas, bien conservadas y efectivas hasta cierto punto, pues la arenisca es muy oscura y se necesitan algunas lámparas de luz artificial para iluminar la catedral.

A un lado del transepto se encuentra el Pilar del Juicio Final o Pilar de los Ángeles, una columna bien tallada que representa a muchos ángeles en la escena del Juicio Final (no era difícil de adivinar). Estaba junto a un reloj astronómico, que si bien no desentonaba estéticamente, no aportaba nada allí dentro. Algo parecido al reloj astronómico de Praga, que tampoco aporta nada en la calle.

Me quedo en el otro extremo del transepto sobrecogido con un conjunto escultórico que representa a Jesús en el Monte de los Olivos. Un trabajo escultórico impresionante que incluye decenas de personajes y Cristo crucificado dominando la escena. Como en otros puntos de interés de la catedral, hay que meter una moneda de 50 céntimos para que se ilumine.

Rodear por completo el edificio es un paseo que dura bastantes minutos. Merece la pena detenerse en los arbotantes y en las líneas talladas sobre el rojo de la arenisca. Se me ocurre que la función exterior de edificios de mi cámara de fotos fue ideado para esta catedral, para captar mejor sus detalles y sus ángulos. Mi objetivo se detiene especialmente en los gabletes de la fachada principal, coronados todos ellos por diez pequeños pináculos. Desde atrás se aprecia mejor la aguja de 142 metros que la hizo ser durante dos siglos (desde que se terminó a mediados del siglo XV hasta las construcciones del XVII), el edificio más alto de la Cristiandad.

Conclusión: Una ciudad bipolar.

“Estrasburgo es francesa de corazón desde 1944”, aseguró la voz que nos explicó el recorrido que hicimos en barco por los dos ríos que surcan la ciudad. Cualquiera que intente refutar dicha afirmación encontrará bastantes argumentos para hacerlo: la comida (salchicha, básicamente), la calidad de la cerveza, el aspecto físico de sus habitantes (rubios con ojos azules), la arquitectura, la cercacía con la frontera (10 kilómetros), el bilingüismo… cualquiera diría que es una ciudad alemana. No en vano, perteneció durante ocho siglos al Sacro Imperio Romano Germánico antes de caer en manos de Luis XIV tras la Guerra de los Treinta Años. Capituló frente al imperio alemán en la Guerra Franco-Prusiana (1870) y fue devuelto a Francia como compensación a los desastres ocasionados por Alemania durante la Segunda Guerra Mundial.

Si alguien duda de que Estrasburgo es históricamente más alemana que francesa, basta con darse una vuelta por la Petite France, uno de los barrios más turísticos de la ciudad. Este fue en su fundación el lugar en el que se instalaron los hospitales para curar a los enfermos de peste, y debe su nombre al país de donde pensaban los estrasburgueses que venían todas las enfermedades.

La Petite France

Un paseo por los caminos de la historia del arte

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